No hay prisa

La democracia mexicana está apenas germinando. Hay que cuidarla mucho. La democracia se fortalece cuando los votos se cuentan bien y se disipa toda duda razonable. No se necesita que todos queden satisfechos con el resultado, pero sí con la limpieza básica del proceso que da lugar a dicho resultado.

Hay voces influyentes, desde el “establishment” político, los medios y otros poderes fácticos, que quieren apurar las cosas. Rechazan la mera sospecha de que el PREP del IFE no sea tan fiable como se ha pretendido. Piden que se admita ya la supuesta victoria de Felipe Calderón con base en los resultados preliminares.

¿Por qué? Si Felipe Calderón ganó, un conteo más cuidadoso sólo puede ratificarlo y fortalecer su mandato. En México, la suspicacia ciudadana tiene base profunda en la historia, reciente y remota. Por eso hay mayor razón para atender el reclamo con la paciencia debida.

¿A qué la prisa? En asuntos de tanta seriedad, no debe haber apuro. No estamos ante un debate filosófico complejo e interminable. Se trata más bien de un problema aritmético sencillo y resoluble en plazo breve. Es cosa de contar y sumar bien.

Reforma anuncia en su página principal en Internet que los mercados financieros se van a poner nerviosos si no se le pone fin pronto al proceso electoral. No lo sé. Los “mercados” aludidos son gente, comprando y vendiendo activos financieros mexicanos, reclamos sobre flujos de valor futuros generados por los mexicanos — gente al fin. Habrá en ellos quienes puedan entender que una estabilidad política real en un país de democracia naciente no se consigue sólo venciendo, sino sobre todo convenciendo.

Y, si los mercados no lo entienden así, ¿por qué debe una nación entera supeditar la credibilidad de sus instituciones democráticas y su viabilidad política a largo plazo al interés miope de unos miles de compradores y vendedores, por poderosos que estos crean (o puedan) ser?

Hay que verse en el espejo de Estados Unidos. En este país, en el 2000, los republicanos — con ayuda de los grandes medios — emplearon un argumento similar ante el impasse en Florida. Se insinuaba que el país no podía vivir en la incertidumbre temporal. En la situación, se hacia sentir, no importa quién votó por quién: lo que importa es que haya un ganador oficial. El asunto acabó en la Suprema Corte, en donde se seleccionó a Bush como presidente.

Bush venció, pero no convenció. La historia está todavía por dar su veredicto definitivo, pero, tardíamente, los medios mismos hicieron que se recontaran los votos. Ahora se sabe que Al Gore ganó Florida y, por ende, fue despojado de su legítima victoria mediante una trampa legal.

En el 2004, mediante cientos de truquitos que escamotearon cincuenta votos aquí y otros cien allá — concluye Robert Kennedy Jr. en un artículo bien documentado publicado recientemente en la revista Rolling Stone que, según encuestas, resume el sentimiento de millones de personas — los votantes de Ohio fueron defraudados masivamente. Sin tales trucos, Kerry pudo haber ganado la presidencia.

En resumen, tanto en el 2000 como en el 2004, el “establishment” político de Estados Unidos creó la impresión de que los resultados preliminares y aparentes de la votación eran reales y apuró el proceso. Los candidatos demócratas abandonaron sus reclamos en aras de las formas políticas.

Sin detenerse a contemplar las consecuencias, locales e internacionales, que estos desatinos pudieron haber tenido, ¿se ganó con ellos estabilidad política en Estados Unidos? Lo dudo. Hoy día, el presidente, las instituciones políticas, ambos partidos y los grandes medios en Estados Unidos sufren niveles de credibilidad ínfimos entre la gente común.

Todavía no lo hemos visto todo, pero cuando la gente no confía en sus instituciones hay consecuencias a largo plazo — incluso en un país con instituciones legales y políticas arraigadas como Estados Unidos. Más todavía en México, en donde hasta el 2000, existía una dictadura monopartidista que utilizaba los procesos electorales para darle un barniz de legitimidad a su estancia en el poder.

Hay que aprender de la historia, de la propia y de la ajena. Hay que desahogar las dudas legítimas por los cauces institucionales. La nación entera — y los mercados mismos — lo van a agradecer.

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