Underground rivers

There are many topics I should be writing about.  Some of them are urgent, like the ominous threats of brutality the political establishment is sending to the Mexican people.  (By “political establishment” I basically mean the federal government, the PRI/PAN and other de-facto powers: elite conservative business organizations, the mass media, the top command of the army, and the conservative hierarchy of the Catholic church.)

The signs are out there.  The media’s deafening choir against the sit-in on the Paseo de la Reforma — which includes the voices of a group of sophisticated, supposedly liberal intellectuals and pundits — creates an enabling atmosphere.  Then Fox’s recent decision to forcefully remove the demonstrators from the area surrounding San Lázaro (the Legislative Palace) tests the waters.  He has extended the measure and, using elements of the armed forces and the PFP (which exhibited their brutality on May 4 in San Salvador Atenco, Mex.), has ordered the preemptive takeover of the entire area in anticipation of civil resistance actions during his September 1’s state-of-the-union address.  To top it off, some hardliners claiming to represent the armed forces (see, for instance, Javier Ibarrola’s columns in Milenio, which can be read here) are making menacing noises.

I don’t know whether there is already a consensus in the heights.  There must be influential elements in the political establishment doubting whether the violent imposition of their candidate is worth the high cost (see Jorge Castañeda’s last column in Reforma, where he feigns to search for a middle-ground solution to the political crisis).  But it’s hard to say how decisive these conflicting voices might be.  The least one can say is that some influential elements in the establishment are openly advocating for a violent response to the challenge posed by the democratic movement.   They seem bent in setting the tracks for a bloody train wreck. 

One of the trains is a civic, peaceful, non-violent, yet massive, determined, creative, and increasingly organized movement for democracy.  And what is the utopian, maximalist demand that has stiffened the PAN’s government to the point of contemplating what the Romans called the “ultima ratio”?  A full recount of the ballots based on grounded doubts about the official outcome of the presidential election. 

The other train is the establishment.  The question is, is it willing to impose a spurious president at the cost of brutalizing the people and taking away the last shreds of legitimacy that vest the country’s political institutions?  I have argued before that if the establishment doesn’t respect its own rules, it is left with no binding argument to expect that regular people abide by them.  When a bridge collapses on one side, it collapses altogether.

That is a most urgent issue. 

Other issues, while not urgent, are key to understanding the overall background and prospects of the struggle for democracy and — more generally — to improve the living and working conditions of Mexico’s working poor.  Of course, just like the main impulse of the movement for democracy springs from basic economic needs, the main objections to the movement are rationalizations of the interests of those who benefit from privilege and public patronage.  However, that is not to deny cogency to the ideas that are being used to undermine the movement and berate its economic agenda. 

In Mexico, a large number of influential pundits and academics believe that modern economic theory supports the notion that redistributive fiscal policies and, more generally, anything in the way of strict private ownership and decentralized markets necessarily preclude economic efficiency.  And in their argument, the principle of economic efficiency is always paramount — over and above considerations of, say, social equity.  But nothing could be further from the truth.  They also seem to be unaware of the conclusions growth economists, both theorists and empirical researchers, have drawn lately from the analysis of large data panels of internationally comparable data on inequality and economic performance.

Unfortunately, I must postpone this discussion for the time being.  To compensate those who devotedly visit my blog, I will post next an excellent article by Colegio de México’s eminent historian Lorenzo Meyer.  In Spanish.  Non-Spanish readers are encouraged to use Google Language Tools or Altavista’s Babelfish.  Enjoy!

 

*  *  *

 

Los ríos subterráneos

Lorenzo Meyer

La batalla electoral pone a las capas populares a organizarse políticamente para influir en la agenda nacional. Si el movimiento de López Obrador no se descarrila, podría ser un peligro para la derecha

Un momento raro

No son frecuentes los tiempos en que las clases subordinadas, o al menos una parte significativa de ellas, se muestren capaces de intentar una actividad política de largo plazo por su cuenta y riesgo.  Posiblemente lo más significativo de la elección del pasado 2 de julio en México termine por ser -y ésta es una mera conjetura, una hipótesis de trabajo- no el resultado mismo de la votación, ni lo que haga o deje de hacer al respecto el aparato institucional relacionado con ese tema, sino que el proceso se haya convertido, sin que nadie realmente lo previera, en el detonador de un movimiento social y político de naturaleza popular y masiva, que lo mismo puede resultar efímero que consolidarse y cambiar la naturaleza misma de la política mexicana en los años por venir.

Y es que ese movimiento, si finalmente se sostiene, puede empujar hacia la superficie a un viejo río de energía colectiva -hoy mezcla complicada de muy añejos resentimientos y reclamos de clase, de una recién adquirida conciencia del potencial político de los siempre marginados más la vaga esperanza de un futuro mejor- que normalmente no se manifiesta pues corre por un cauce subterráneo, por concavidades producto de siglos de cultura de la subordinación, la explotación, la discriminación y la represión. La última vez que ese río emergió a la superficie política de México fue durante el cardenismo. En cualquier caso, su correr por el exterior dejó huella clara pero breve, pues el liderazgo autoritario del PRI lo volvió a su antiguo cauce en el subsuelo social y cultural mexicano. En 1994, en Chiapas, el neozapatismo intentó sacar a la luz del día ese río subterráneo pero finalmente no fue el caso. Inesperadamente, las elecciones del 2006 -la crisis postelectoral- parecieran tener el potencial de volver a la superficie lo que por muchos años ha estado escondido.

En cualquier sociedad, la acción política normal pareciera ser, y generalmente lo es, un asunto que sólo concierne a las élites. Las más de las veces, las mayorías parecieran ser -y de hecho son- meros objetos de fuerzas cuya naturaleza real esas mayorías ignoran. Incluso cuando la ciudadanía acude a las urnas, su capacidad para actuar en función de sus propios intereses es limitada pues las condiciones en que vota son moldeadas por las acciones e intereses de las minorías. Lo que está ocurriendo hoy en México no puede caracterizarse como “política normal”. Un sector de las capas populares que, sin ser mayoría, es muy numeroso, se ha politizado muy rápidamente, se resiste a volver a las márgenes del sistema de poder y está desafiando, pacífica pero consistentemente, un orden que todos los indicadores disponibles de distribución del ingreso, de desarrollo humano y el propio sentido común, muestran que redunda en un beneficio exagerado e ilegítimo de los pocos en detrimento de los muchos.

El momento del quiebre

Es posible que la energía política de las otrora llamadas “clases peligrosas” y hoy “populares”, no hubiera emergido a la superficie si la campaña electoral se hubiera conducido de una forma menos dura y parcial. Claro que sin esa parcialidad, es posible que el 2 de julio la derecha ni siquiera hubiera tenido la pequeña ventaja de medio por ciento que finalmente alega haber tenido.

La campaña electoral real duró años y nunca se llevó a cabo en condiciones de equidad. Se desarrolló en un terreno donde el Presidente y otros actores impidieron el “juego limpio”. Para empezar, en el 2003, las dos fuerzas dominantes en el Congreso federal -el PRI y el PAN- decidieron dar forma a una directiva del Instituto Federal Electoral (IFE) “a modo”. En efecto, de los nueve consejeros encargados de dirigir a la institución, cuatro lo fueron a propuesta del PAN y cinco del PRI, incluido el consejero presidente. Poco importó a los diseñadores de ese consejo -entre ellos y notablemente, Elba Esther Gordillo- la marginación del PRD de ese proceso, tampoco importó que la experiencia en materia electoral de algunos consejeros fuera nula, que su cercanía con las cúpulas de los partidos que les propusieron fuera mucha e, incluso, que uno de ellos simplemente no tuviera el grado universitario exigido por la ley.

Pero más que la naturaleza de la directiva de la institución electoral, fue la naturaleza de la acción de la Presidencia de la República, la que hizo del terreno electoral del 2006 un campo impropio para una lucha cívica donde pudiera prevalecer el espíritu de tolerancia, de respeto por el otro y de negociación. El primer paso fue echar a andar, desde “Los Pinos”, el insensato proyecto de hacer de la esposa del Presidente la candidata presidencial “natural”. La idea de una Eva Perón mexicana requería eliminar al único rival desde entonces muy peligroso: el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Fue así que la Presidencia puso en marcha, con el apoyo de los dos mismos partidos que habían dado forma a un IFE bajo sospecha, un plan que debía concluir en la neutralización de la candidatura de AMLO vía su desafuero por, supuestamente, no haber cumplido con la orden de un juez para detener a tiempo la apertura de una calle en la capital. La resistencia popular a este empeño por decidir la elección antes de llegar a las urnas fue el anticipo del actual movimiento social.

El broche de oro

En una reunión académica posterior al 2 de julio, un panista explicó que su partido había decidido usar la campaña electoral para subrayar sus diferencias con la izquierda. Ahora bien, según él, una vez terminada la campaña -y asegurado la victoria- todo debía dar un giro de 180 grados, dejar de lado las diferencias y buscar puntos de acuerdo y retornar a la normalidad. En la realidad, la estrategia panista de “subrayar diferencias” significó elaborar una campaña de medios para crear una atmósfera de miedo y descalificar a la izquierda sustentando un diagnóstico falso pero eficaz: AMLO era, ni más ni menos, que el equivalente mexicano de Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, para concluir que por eso era un “peligro para México”. Esa decisión del PAN cercenó, implícitamente, a casi 15 millones de mexicanos del “proyecto nacional panista”.

El evidente esfuerzo de la derecha, llevado a cabo desde dentro y fuera del gobierno, por cerrar la posibilidad de una alternancia derecha-izquierda que por un buen tiempo prefiguraron las encuestas, ha terminado por llevar a esa izquierda a recelar del camino electoral y a empujarla a organizarse ya no en función de las urnas, sino de una confrontación abierta, sistemática, permanente, con la derecha. Así, la supuesta conclusión de un “proceso electoral ejemplar” ha desembocado en una izquierda con base social pero recelosa del entramado institucional y que prefiere apostar por la movilización social como el mejor camino para hacer realidad el programa delineado por AMLO el domingo 13 de agosto: combate a la pobreza, a la “monstruosa” desigualdad, a la corrupción, a la forma en que se ha usado a los medios y las instituciones y, finalmente, impedir la privatización de los recursos nacionales (petróleo y electricidad).

El futuro

En nuestra recién nacida democracia política, se suponía que las masas sólo intervendrían en política cuando el calendario electoral lo autorizara. En contraste, la derecha, podía seguir haciéndolo de manera cotidiana vía el control del gobierno, el manejo del mensaje que dan los grandes medios de información, la acción de los cabilderos profesionales, de las cámaras empresariales, etcétera.  Si el proyecto encabezado por AMLO no se descarrila, la energía de las “clases perdedoras” que la frustración electoral ha impulsado hacia la organización y la acción política, podría dejar de ser el río subterráneo que hasta hoy ha sido y empezar a influir cuando y donde se considere apropiado, en la conformación de la agenda nacional, sin estar ya restringida sólo al tiempo de las urnas. Este movimiento, si bien no es un “peligro para México”, sí podría serlo para el México de la derecha.

En fin, posiblemente el PAN supuso que el tiempo de los “contrastes” duros abarcaría sólo el tiempo de la campañas. Sin embargo, la izquierda está aprendiendo de sus adversarios y ha diseñando su propia política de “contraste” duro, con la diferencia de que esta vez se trataría de un contraste permanente. En fin, la izquierda puede llegar a tener masas entusiasmadas con la idea de llevar la democracia del plano meramente electoral -la “República simulada”- al social, situación que no se había dado desde ese lejano tiempo en que nació el PAN, justo como reacción a la política de masas del cardenismo.

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2 Responses to “Underground rivers”

  1. Charles Says:

    Things are rolling downhill very quickly. Looks bad.

  2. Colin Brayton Says:

    Congratulations to all the Mexican “netroots” activists: I’ve been building up a blogroll of your network and following the story closely after having a hard time believing what I was reading in the Washington Post …

    I used to think that there was nothing like a Latin American election for startling plot twists and extreme expressions of the darker side of human nature.

    Then came the 2000 elections in the US. Then 2004.

    I was in Brazil for the 2002 elections there — the PRD reminds me a lot of the PT, and likewise for the PSDB in Brazil and PAN in Mexico — and the thing that struck me then, and strikes me now, is how visible the handiwork of American political consultants has been in both cases.

    In both Brazil and Mexico, you see the exact same kind of vile negative campaigning and dirty tricks, and the same cooption of corporate media, perfected by Karl Rove and James Carville (the latter has, I understand, actually worked for quite a while with both the PAN and the Brazilian PSDB).

    Is this what we mean by “exporting democracy”? Man, I hope not.

    I don’t know much about Lopez Obrador’s platform or policy positions — and besides, I’m not Mexican.

    But the PAN looks all too familiar, and the honesty elections and transparency of public institutions is not a partisan political issue.

    So I cheerfully hope that those PANdejos and their hired spin doctors get their butts handed to them.

    The more I read up on events — for pure crazy corruption, the saga of Ahumada makes Watergate look an episode of Sesame Street — and monitor the media down there, the more I understand what progressive Mexicans are up against.

    It’s a big, tough job. So keep up the good work! And we’ll keep working to bring down the gang of corrupt bastards running things on this side of the border.

    Sorry it’s taking so long.

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