Hacia la Convención Nacional Democrática

Ayer, el tribunal federal electoral, constitucionalmente encargado de asegurar la transparencia, equidad y certeza en la elección presidencial, se negó a ordenar el recuento casilla por casilla de todos los votos emitidos el 2 de julio y rechazó — casi por entero — el recurso de incomformidad presentado por la Coalición.

Indiferente a una triste y prolongada historia de fraude electoral y falla institucional en el país, insensible al mal uso evidente del gobierno para apoyar a Calderón, inconmovido ante una diferencia de menos de un punto porcentual, arguyendo en forma estrecha, exhibiendo una mentalidad leguleya mezquina e indigna de un alto tribunal investido de amplios poderes constitucionales, el tribunal decidió restarle 81,080 votos a Calderón — y 76,897 a López Obrador — reduciendo así la diferencia oficial entre los dos principales candidatos de 402,708 (según el IFE) a 398,525 votos, y sin dar cuenta detallada que explique las razones detrás de sus cifras. Sin embargo… sin embargo, ¡el tribunal no halló razón para ordenar un recuento completo de las boletas!

El artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos estipula que

La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo momento el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

Este es el robusto fundamento legal en que se basan Andrés Manuel López Obrador y la Coalición que apoyó su candidatura para convocar una Convención Nacional Democrática por celebrarse el 16 de septiembre venidero en el Zócalo de la Ciudad de México. López Obrador ha calificado la sentencia del tribunal como lo que es, una hoja de parra para tapar las vergüenzas de un golpe de estado y ha llamado al pueblo a desconocer la presidencia de Calderón. López Obrador no está solo. A pesar de la histérica campaña mediática contras las acciones legítimas de resistencia civil realizadas por el movimiento, millones de mexicanos están más convencidos que nunca de que se cometió un fraude monumental para traicionar la voluntad popular expresada en las urnas y no están dispuestos a reconocer a un presidente espurio.

Contra las expectativas de quienes cometieron este fraude, el movimiento democrático no muestra signo ninguno de agotamiento. Por el contrario, se siente una firme determinación colectiva de impulsar la lucha hasta su conclusión última. Es una lucha por la democracia, en donde democracia — más allá de la mera emisión de un voto cada seis años, democracia como participación efectiva en las decisiones que conforman la vida pública — aparece como el vehículo para renovar la vida pública de México, corregir la monstruosa desigualdad social y eliminar la pobreza de la mitad de la población, proteger el patrimonio colectivo y combatir la corrupción y los privilegios.

La profundidad y alcance de los poderes de la Convención van a depender de su legitimidad ante el pueblo. Se trata pues de una batalla por los corazones y conciencias de las mexicanas y los mexicanos. El establecimiento — el gobierno, la coalición conservadora emergente (PAN-PRI), las cúpulas dizque empresariales, los medios masivos, la jerarquía católica, etc.– van a exigir que la sentencia del tribunal electoral y la declaración de Calderón como presidente electo sean tomadas como si se tratara del fin de la historia. Siguiendo el modelo de Carlos Salinas, otro presidente espurio, buscarán proporcionarle a Calderón la codiciada legitimidad que las boletas electorales le negaron mediante golpes espectaculares (“quinazos”), tratando de dividir el movimiento, comprando apoyo internacional e intentando obtener mediante caridad y migajas el consentimiento de la población trabajadora pobre.

Pero el pueblo está en una posición idónea para desactivar toda esta truculencia. El pueblo en movimiento tiene toda la autoridad moral y las condiciones para obtener, no migajas, sino el tipo de instituciones públicas que realmente merece. El resto va a depender de su capacidad para mantener la honestidad propia y la de sus dirigentes, para utilizar la experiencia como oportunidad para aprender de sí mismos y de sus adversarios, para fortalecer su organización y su unidad a cada paso. ¡Unidad, unidad, unidad!

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