Archive for September, 2006

What’s Mexico Hiding?

September 26, 2006

The Federal Electoral Institute’s refusal to allow access to ballots from the contested presidential election taints the country’s march toward democracy.

By Irma Sandoval and John M. Ackerman
September 22, 2006

MEXICO now has two presidents-elect. One officially recognized by the electoral authorities — Felipe Calderon — and the other proclaimed the “legitimate president” by millions of followers — Andres Manuel Lopez Obrador. There is one way to settle this crisis. As in the aftermath of Bush vs. Gore in the 2000 U.S. presidential election, a group of Mexico’s newspapers should be allowed to conduct their own canvass of the ballots.

Unfortunately, the Federal Electoral Institute, which organizes the presidential elections, has announced that it will not open up the ballots to public scrutiny. The institute appears bent on repeating the government’s performance after the 1988 presidential election, in which the computers “malfunctioned.” It is widely believed that massive fraud allowed Carlos Salinas de Gortari, the candidate of the Institutional Revolutionary Party, or PRI, to mysteriously overcome the early lead of the leftist candidate, Cuauhtemoc Cardenas. To cover its tracks, the government then quickly burned the evidence.

 

Full: http://www.latimes.com/news/printedition/opinion/l…

Modestas ideas para la Convención

September 16, 2006

Primero, disculpas por el descuido en que he tenido al blog.  Las alergias de la temporada, el comienzo del semestre escolar y otras exigencias de la vida cotidiana han hecho virtualmente imposible para mí mantener este blog.  A pesar de eso, he tratado de seguir los acontecimientos en México en la medida de mis posibilidades.  Hoy, en unas horas, la Convención Nacional Democrática comenzará sus deliberaciones en el Zócalo de la Ciudad de México.  Le deseo a todos los participantes lo mejor en sus discusiones y acuerdos.

Hace unos días, tuvimos una humilde idea para ayudar a la Convención.  Algunos participantes en la Progressive Economists Network (PEN-L), un foro de economistas progresistas y, más en general, gente interesada en el pensamiento crítico y el cambio social, moderado por Michael Perelman (de la University of California en Chico), decidieron presentar sus ideas a  la Convención por medio de este blog.  Es claro que estas contribuciones suponen una comprensión muy variada de lo que es posible y necesario en las condiciones concretas de México, sin embargo una perspectiva internacional no tiene por qué hacerle daño a nadie.

Por eso, sin mayores prolegómenos, aquí están los puntos de vista de algunos colegas en PEN-L (traducción mía):

 

Paul Phillips (Canada) [13/9/2006]

Creo que una propuesta modesta que el gobierno paralelo podría considerar es el enfoque de “presupuesto alternativo” formulado primeramente por John Loxley en la Universidad de Manitoba. Utilizando sus aptitudes y conocimiento en materia de desarrollo económico, finanzas públicas y desarrollo comunitario, Loxley organizó sindicatos, organizaciones de salud no gubernamentales, maestros, grupos feministas, académicos interesados en estos asuntos, etc. en un proceso de consulta que condujo al desarrollo de presupuestos alternativos en los niveles local, provincial y federal.  Estos presupuestos, que reflejaron una agenda social a la que se llegó en forma democrática, fueron publicados antes que los presupuestos oficiales del gobierno.  La publicidad subsiguiente de los beneficios sociales que era posible lograr se utilizaron para presionar a los gobiernos para que adoptaran programas más progresistas y para refutar la matraquilla habitual de los gobiernos de que “no hay alternativa.”  También sirvieron para refutar la noción de las élites de que los políticas progresistas eran irresponsables [“populistas”: PV] o que afectarían la economía, en lugar de — como realmente ocurre — quitarle pretexto a la agenda gubernamental de las élites.

 

Hari Kumar (India) [14/9/2006]

Sobre salud:

1) Las estadísticas inevitablemente dan primacía en los resultados de los servicios de salud a los problemas ambientales y socioeconómicos determinantes de la salud, y no a los hospitales.

Así: Cualquier programa nacional debe hacer hincapié en la higiene y salubridad pública, el agua limpia, el aire limpio (teniendo en cuenta las condiciones de la Ciudad de México) y la nutrición.

El logro de la equidad en los ingresos está más allá de lo que se puede obtener directamente a partir de este tipo de enfoque reformista, limitado, que es el que estoy planteando aquí. Yo creo que de eso se trata, en todo caso. (Obviamente, tengo algunas ideas como corresponde a alguien que profesa la ideología marxista.)

2) Incluso en los estados más capitalistas (por ejemplo, la India), existen (están disponibles) modelos de servicios de salud que pueden demostrar beneficios en esta área resultantes de un cuidado proporcionado por parteras(os), y el cuidado de los infantes, proporcionado por personal no médico de base rural.

Por ende: Un sistema de cuidado regionalizado, sin profesionales médicos, con énfasis en el cuidado de salud a los infantes y madres.

Estos se centrarían en las estrategias de cuidado de salud preventivo, vacunas gratuitas, monitoreo del incremento en el peso y estatura, y suplementos nutritivos; asesoría en relación con la amamantación del bebé; ayuda en los partos; apoyo a las madres, etc.

3) Modelos mixtos muestran que el escuchar a la comunidad tiene el efecto de desafiar las estructuras tradicionales de poder y mejorar los resultados de los servicios de salud.

Por ende: Un muestreo detallado (en un entorno no hostil) que evalúe explícitamente las respuestas de la comunidad al nivel y tipo de cuidado de salud que están recibiendo. Se debe dar respuesta a las opiniones expresadas.

4) Una estructura de atención nacional a la salud que parta de un modelo de cuidado de salud preventivo. Incluyendo la consulta y chequeo médico regular. Canadá tiene tal tipo de programa. Debo añadir que no soy filo-canadiense pero, si uno ha de vivir en un país capitalistas “clásico”, ….

5) Un sistema como el programa NICE en el Reino Unido, que reúne a expertos para que ponderen explícitamente los costos y beneficios de salud y prioridades que compiten entre sí — y que generan recomendaciones basadas en la evidencia científica. Mi problema con este enfoque es que, a menudo, se trata de matar a Pedro para salvar a Pablo. Sin embargo, de nuevo, a menos que sea uno capaz de instituir un estado socialista pleno….

De cualquier modo, si se tiene médicos y trabajadores de salud progresistas, que deseen vincularse con una asesoría en materia de políticas de salud que sea mucho mejor que la que yo puedo impartir, me dará gusto ponerlos en contacto con tales especialistas.

 

Leigh Meyers (Estados Unidos) [15/9/2006]

Quiero secundar a Hari en el tipo de cuidado de salud que sugiere. Incluso en Estados Unidos, los que no son ricos se quedan a la deriva.

[…]

Reiteradamente, en los últimos días, Travus T. Hipp ha estado diciendo que hay mucha inquietud en Oaxaca. Esta es una sinópsis de lo que teclee esta mañana para ponerlo en línea:

“El día de la Independencia de México ha sido cancelado por el Presidente Vicente Fox, porque los manifestantes están ocupando los parques y calles de la ciudad desde hace dos meses. ¡La gente de López Obrador convoca a una fiesta! Hay un alzamiento generalizado en Oaxaca, y los federales han tenido que salirse. Sitrep.

<http://leighm.net/blog/?p=660>

Valdría la pena investigar, desde un punto de vista socio-económico-cultural, ¿por qué Oaxaca?

Ese es el único concepto que aparece cuando uno busca en Google noticias sobre el “descontento en México”

[…]

Me parece que analizando y entendiendo “¿por qué Oaxaca?” y trabajando para mejorar la situación ahí a través de los recursos disponibles, y con efectividad, eso ayudaría. Y, en el proceso, construir una estructura paralela a nivel nacional basada en en el modelo de trabajo que ya está en marcha con la capacidad de dar servicio a otras áreas vecinas. Se podría hallar a gente de todos los lugares de México que vendría a visitar, observar, aprender y participar en el experimento, y luego llevar la información y las técnicas aprendidas a casa con ellos… para, en su momento, servir a sus regiones respectivas. Esto no quiere decir que todas las áreas de México tengan los mismos problemas, pero si las aptitudes adquiridas se diseminan nacionalmente, se puede obtener resultados significativos.

En el ejército, esto se conoce como la estrategia “inkblot”.

[…]

Esta técnica se utiliza en una forma ligeramente modificada en ‘Free Skools’ y ‘Penny Universities’ en Estados Unidos, en donde hay un intercambio activo de técnicas educativas y planes escolares que se diseminan a través de redes informales, y López Obrador ya tiene una red en marcha.

Una idea final:

No hay que olvidar nunca que hay un poder geopolítico hegemónico en la ecuación regional, que afecta a muchos en el continente.

Nosotros, Estados Unidos.

Como la banda de rock estadounidense Steppenwolf dijo hace algunos años: “Un monstruo anda suelto, tiene nuestras cabezas en el dogal y está sentado mirando…”. El gobierno de Estados Unidos está observando… muy de cerca.

México está en la mira, con una frontera nacional estratégica de Estados Unidos, y lazos de comercio, económicos y entre gobiernos, esto puede causar reacciones de pánico (?) cuando se siente que se pone en riesgo dichas relaciones y las burocracias atrincheradas que preferirían que todo siguiera igual.

[…]

 

Comentario editorial

Me voy a permitir editorializar sobre este último comentario de Leigh. En lo personal, yo creo que mucho depende de quién esté al frente en Estados Unidos. Cierto, los republicanos de ultraderecha están todavía fuertes. Y ellos apoyan sin reserva al tipo de élites privilegiadas y sinvergüenzas como la que gobierna México a través de Fox y busca gobernar a través de Calderón. Pero también es cierto que están muy desacreditados:

El estado de la economía, los altos precios del petróleo, la inflación reptante, la amenaza de una recesión seria a corto plazo, el desastre militar en Iraq y, en general, la ruina de la política exterior imperialista de Estados Unidos van a tener efectos muy duraderos.

Pero, al margen de la situación política interna en Estados Unidos, los mexicanos tienen que hacer lo que tienen que hacer — con base en sus propias necesidades y posibilidades, como ellos las perciben.  Si las cosas se hacen sobre esa base, a los gobiernos de Estados Unidos, por reaccionarios que sean y por mucho que les disgusten los cambios en México, no les quedará sino respetar las decisiones soberanas que los mexicanos tomen.

El poder colectivo y la unidad

September 4, 2006

El diario Los Angeles Times publicó hoy una nota de Sam Enriquez en la que, en forma muy perceptiva, toma nota del impresionante poder desplegado por el movimiento por la democracia encabezado por Andrés Manuel López Obrador.  En particular, lo que parece haber impresionado más al diario fue la acción de antier de los congresistas de la Coalición en el Palacio Legislativo.  Según el diario angelino, esta acción demostró que el movimiento por la democracia — y, en último término, por un México sin pobreza y con equidad — no radica sólo “en las calles”, entre la gente sin cargos políticos formales, sino que hay representantes del legislativo suficientemente comprometidos con el movimiento.  El periódico sugiere que, en futuras elecciones estatales y municipales, el poder del movimiento va a seguir creciendo.

Dos cosas llaman la atención.  Primero, la sutil, insidiosa subestimación que hacen del poder de la gente “en las calles” y la fascinación implícita con el poder formal e institucionalizado.  Y, dos, la tendencia — común en los medios estadounidenses — a reducir todo a atributos o motivaciones personales.  Para el Los Angeles Times, este poder está ligado personal e indisolublemente a Andrés Manuel.  En la percepción del diario, lo que se demuestra es el talento y la astucia de Andrés Manuel como “operador político”, etc.  Por supuesto, Andrés Manuel tiene mucho mérito personal, como mérito tienen los miembros de la Coalición que pusieron a Fox en su lugar.  Pero, como Andrés Manuel tiene el buen tino de admitir, el poder que se está poniendo de manifiesto en las asambleas informativas del Zócalo, en los campamentos, en las elecciones recientes en Chiapas, en las elecciones venideras en Tabasco, en las acciones en San Lázaro, etc. — un poder que va a permitirle al pueblo trabajador de México abortar la imposición y, en última instancia, transformar al país democráticamente — es un poder esencialmente colectivo.

En gran medida, el fetichismo de las instituciones es una extensión del fetichismo del poder.  Es decir, es la actitud que resulta de aceptar como natural el vivir en un ámbito muy estrecho, muy circunscrito, de necesidades, intereses y valores personales, muchas veces ilusorios, simplemente porque se ignora la verdadera naturaleza del poder y no se actúa en consecuencia.  Por “ilusorios” no quiero decir que, dadas las restricciones que este poder impone a los individuos, nuestras necesidades e intereses cotidianos no sea reales y duros.  Este poder ajeno no tiene nada de ilusorio para cada uno de nosotros como individuos, en la medida en que actuemos como partículas aisladas, separados de nuestros semejantes, de los que comparten con nosotros condiciones de vida y trabajo.  Pero es un poder completa y absolutamente ilusorio para individuos dispuestos a afrontarlo, cooperando entre sí, actuando coordinadamente y con previsión de las consecuencias.

La verdad es que todo poder radica última y esencialmente en el pueblo.  Esto es así, no sólo porque la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos así lo establezca, sino porque esa es la naturaleza real de todo poder público, ya sea que redunde en beneficio público o que se le apropie y privatice.  Lo que pasa — repito — es que, en condiciones en que reina en una colectividad la fragmentación y la atomización extremas, el poder que emerge de las acciones colectivas aparece como adherido a líderes individuales o a aparatos burocráticos.  Aparece como “carisma”, como “encanto” o como alguna otra característica mística, mágica del individuo o de su función pública formal.  Los individuos y aparatos burocráticos se apropian del poder colectivo.  Lo privatizan.  Y la diversidad de intereses y necesidades aparecen como divisiones que separan a los miembros de una colectividad.  Sin embargo, cuando los miembros de una colectividad se dan cuenta de los lazos invisibles que los conectan, su diversidad de necesidades, intereses y perspectivas mentales se convierten en las bases de su poder colectivo.

¿Qué es el poder?  En términos sencillos, el poder es la capacidad para hacer cosas, alcanzar objetivos, salirse uno con la suya — en medio de los obstáculos que la naturaleza o que las acciones de otras personas le imponen a uno.  En el contexto político, el poder consiste en la capacidad para satisfacer necesidades sociales o hacer avanzar intereses colectivos.  En términos más formales, el poder es fuerza productiva aplicada a la preservación o disolución, construcción o destrucción, reforzamiento o enmienda, de un cierto sistema jurídico, político y, o económico.  Y la fuerza productiva última, es decir, la fuerza que al fin de cuentas mueve y transforma las cosas, alcanza objetivos y convierte sueños en realidad, es el trabajo de la gente.

Necesariamente, el trabajo es siempre colectivo.  Es decir el trabajo individual se conecta de un modo u otro con el trabajo de los demás.  Por eso, para que dé frutos, el trabajo de cada uno requiere cooperación y coordinación, el concurso de otros.  En la forma tradicional en que reconocemos el poder, la cooperación se consigue casi siempre por la mala. “Por la mala” quiere decir que se consigue, en el fondo, mediante la amenaza de violencia o de dejar insatisfecha alguna necesidad vital, o resulta del abuso, el engaño o la manipulación psicológica.  Trabajan o los mato, o los golpeo, o se mueren de hambre, o los privo de lo necesario, o los dejo de querer.  Trabajan o trabajan.    Y, en su forma tradicional, la coordinación se impone desde arriba, como órdenes que se bajan y se deben obedecer sin chistar.  Ese fue el tipo de poder que mantuvo al PRI gobernando al país por decenios y es ahora el tipo de poder que el PAN, sus patrocinadores y aliados, está blandiendo contra quienes nos oponemos a sus designios.

El poder que se está construyendo en y a través del movimiento por la democracia es de otro tipo.  Sí, se están tomando medidas para coartar o constreñir el accionar de los miembros de un establecimiento político tradicional que no entiende razones, que no puede ser persuadido de nada, atrincherados detrás de su riqueza material y de su soberbia.  El dinero como fin en sí mismo y el poder “a la mala” (que la misma cosa acaban siendo) son los únicos argumentos que tienen sentido para ellos.  Pero, el otro lado de este poder que estamos construyendo es ese espíritu rebelde y solidario que ronda en los campamentos del Zócalo y Reforma y que inspiró a los congresistas de la Coalición en el Palacio Legislativo el 1 de septiembre pasado. 

Ese es el poder popular.  Su superioridad sobre el viejo poder, sobre el poder de sus adversarios, es que éste es un poder que nace de la convicción propia y de la persuasión respetuosa, de cuates, fraterna.  Nace del sentir de la gente de que se está haciendo — no lo que uno tiene que hacer por miedo, obligación forzosa, codicia o vanidad, sino — lo que es moralmente correcto.  No se puede seguir permitiendo que la nación se hunda.  No sólo por mí y mis hijos, aunque también por ellos.  Por todo eso, por generosidad, por un profundo sentido ético — de autorrespeto y de respeto a los demás — hay que cooperar, hay que coordinarse y hay que dar la pelea contra ese reducido número de privilegiados, bribones que han secuestrado las instituciones formales del poder público y las han puesto a su servicio egoísta.  Es decir, hay que crear un nuevo poder desde abajo y orientado horizontalmente a partir de lo que hoy vibra en el Zócalo.

Hago estas reflexiones porque quiero subrayar la necesidad que se tiene de extender el movimiento a todos los de abajo y de enmedio — e incluso a aquellos de arriba que hayan conseguido lo que tienen mediante el esfuerzo honrado, que tengan la honestidad y la humildad para entender que no pueden disfrutar lo que tienen bienhabido en medio de un mar de pobreza, desigualdad e injusticia.  Tenemos la necesidad de luchar palmo a palmo por el corazón y la mente de cada persona en las clases trabajadores y medias, y — repito — por atraer a lo bueno que haya en las clases altas, por poco que sea.  Hay que tratar a cada una de estas personas como individuos únicos, inteligentes, con necesidades, ideas y puntos de vista únicos y merecedores de un profundo respeto, y exigir que se nos trate de la misma manera.  ¿Para qué?  Para cooperar y coordinar acciones en una forma muy superior a la de nuestros adversarios, cuyo poder de “convencimiento”, carente de autoridad moral y racionalidad, tiende a reducirse al garrote del granadero y a la zanahoria podrida de sus billeteras. 

Siendo un poquito más específico, es claro que el poder de este movimiento resulta de tres cosas: Uno, el número de los afectados por la situación actual del país.  Los que vivimos del trabajo o de nuestros ahorros honrados (y no de la herencia o del privilegio) somos un chingo.  Y hemos sido traicionados por quienes hoy ocupan las instituciones formales del poder.  Dos, la lucidez con que esta enorme colectividad tome decisiones.  Por ejemplo, la calidad de la discusión, conclusiones y acuerdos que emerjan de la venidera Convención Nacional Democrática dependen de que sinteticemos bien la enorme reserva de información local, sabiduría y talento individuales que hay entre quienes participamos en el movimiento.  Todos a estudiar la vida, a educarnos a nosotros mismos y a ayudar a que otros se eduquen, a pensar más y mejores formas de aumentar nuestro poder, resolver nuestros problemas y construir un México mejor.  Todos a analizar.  Todos a discutir.  Todos a acordar.

Y todos a cumplir, a ejecutar lo acordado como si fuéramos una sola mujer o un solo hombre.  Y este es el punto tres esencialísimo: la unidad de acción.  La luz difusa ni entibia la piel.  Un rayo láser puede cortar el acero.  Aunque fuésemos menos de los que somos y aunque no tuviésemos el talento que sí tenemos, con una disposición inquebrantable de actuar con unidad, el poder que tendríamos sería ya mucho de por sí.  Si cuidamos nuestra unidad, si la alimentamos, si la acendramos, nuestro poder se va a multiplicar.  Mucho va a depender de nuestra aptitud para articular las opiniones colectivas, es decir, de nuestra aptitud para escuchar, para escucharnos los unos a los otros, respetuosamente, atendiendo los puntos de vista, necesidades e intereses necesariamente diversos y hasta parcialmente contrapuestos a los nuestros.  Necesitamos dialogar, de ida y vuelta, y mejorar siempre nuestro diálogo, aprender a convencer y a aceptar ser convencidos.  Necesitamos mecanismos muy eficientes, respetuosos, leales y generosos para sintetizar la opinión y el sentir de cada uno de nosotros en acuerdos y acciones comunes que nos hagan avanzar como una fuerza política unitaria.

En gran medida, esta unidad ya se está poniendo de manifiesto en la masividad de las asambleas informativas y en la eficacia de las acciones de los compañeros congresistas en San Lázaro.  Pero la unidad no hay que darla por supuesta.  Hay que cuidarla, crearla y volverla a crear en cada oportunidad.  El establecimiento político, los poderes fácticos, los adversarios en los medios, etc. apuestan a que el cansancio físico natural y cambios en las circunstancias acaben debilitando al movimiento.  Apuestan a que el cambio en las circunstancias hagan que líderes políticos que ahora participan en el movimiento se desperdiguen, negocien en lo oscurito y a expensas del movimiento.  Voces en los medios extranjeros y nacionales insinúan que las opciones tácticas que, según ellos, López Obrador ha seleccionado unipersonalmente (cuando han sido, en realidad, acuerdos colectivos), son extremas y que los aparatos de los partidos de la Coalición necesitan pensar “responsablemente”, es decir, “negociar” un acomodo con el poder a la mala.  Fomentan la traición.  Apuestan a que, una vez reinstalados en las instituciones del poder formal mediante la imposición, puedan utilizar los recursos públicos, el tesoro de la nación, para comprar a algunos, para sembrar la desconfianza y la división y para aplastar al movimiento.  Es una estrategia tan vieja como la historia humana.  En la antigüedad, esa fue la fórmula que los emperadores romanos codificaron: Divide et impera.  Quieren dividirnos para derrotarnos.  Pero hay un antídoto invencible: ¡la unidad!

Andrés Manuel López Obrador ha dicho que uno de los parámetros de acción del movimiento debe ser la renuncia a la presión y al chantaje como medio para atraer partidarios y prosélitos.  En particular, los líderes de los partidos de la Coalición, los candidatos a puestos de elección popular, los congresistas o servidores públicos electos o designados, que — digámoslo con franqueza — han llegado a donde están en virtud del apoyo y confianza que la gente les ha dado, están en absoluta libertad de apoyar o no al movimiento, de compartir o no los acuerdos y decisiones colectivas que el movimiento tome.  Aunque a muchos, en nuestro fuero interno, la renuencia a participar en el movimiento y a compartir por ende la responsabilidad de las decisiones colectivas nos pueda parecer deslealtad, Andrés Manuel propone que hagamos un esfuerzo consciente y grande para no echárselos en cara. 

Repito, no es una actitud fácil.  Pero yo creo que Andrés Manuel tiene razón, que esta actitud de profundo respeto a las decisiones y el sentido de responsabilidad personal de esos compañeros fortalece al movimiento.  La base de nuestra unidad tiene que ser la confianza mutua y no la sospecha de nuestras motivaciones.  Que los que participen en el movimiento lo hagan sólo y en la medida en que estén convencidos de la necesidad y honorabilidad de participar en él.  Esa es una fórmula ganadora.  En la medida en que este sea un movimiento de ciudadanos y, más en general, de mexicanas y mexicanos libres y conscientes, con criterio y responsabilidad propios, mayor será el poder colectivo que logremos construir, un poder de una calidad superior, un poder que vamos a necesitar para impedir que se cometa el crimen político de la imposición y para avanzar firmemente en la transformación venidera del país.

El camino no va a ser corto, ni va estar bien pavimentado, ni va a ser una línea recta.  No somos perfectos ni pretendemos serlo.  Pero tenemos la razón y la autoridad moral.  Somos el verdadero Pueblo de México.  Vamos a avanzar.  Unidos triunfaremos.

The NY Times’ editorials on Mexico’s election

September 1, 2006

The New York Times recent editorials on Mexico illustrate the noxious and treacherous institutional fetishism that plagues American liberalism and makes it so difficult for those in the U.S. who live off their work (as opposed to those who live off inheritance, wealth, power, or privilege) from becoming an independent and united political actor.  The means, institutional democracy and political stability, have been turned into ends in themselves, altars upon which large masses of people (usually the poor, the socially disadvantaged) are expected to indefinitely sacrifice their substantive interests.

On July 7, 2006, the New York Times called Mexico’s federal electoral tribunal (and thereby Mexico’s entire political establishment, to which the tribunal ultimately responds) to recount all the votes cast on July 2’s presidential election.  Clearly trying to influence those in Mexico most apprehensive about the prevailing opinion in U.S. elite circles and political establishment, the newspaper asked the tribunal to interpret the law “as expansively as possible” and trained a battery of reasonable arguments in support of its case.

To start with, the editorial stressed that the IFE’s count was a “near tie.” To bolster its argument, the Times reminded the readers that, rather recently, “Mexico used to be a global leader in election fraud.”  Finally, it alluded to reports of problems in “some polling stations” where “votes were misrecorded on tally sheets,” “discrepancies [that] appeared to largely favor Mr. Calderón, in at least one case mistakenly awarding him hundreds of extra votes” — altogether “enough problems to warrant a complete recount.”

The tribunal rejected the appeal made by López Obrador’s coalition (an argument backed up, partially at least, by the New York Times).  While the standard it set to challenge a particular tally sheet was a thorough casuistic argument, the tribunal itself did not bother to disclose any casuistic statement spelling out the detailed reasons why it decided to subtract 81,080 votes from Calderón and 76,897 to López Obrador.  It just said so.  Any objective legal observer would find their ruling lacking in substance.

Readers expecting the New York Times to react critically to the tribunal’s ruling got utterly disappointed.  In its latest editorial, on August 29, the Times changed its tune.  It called López Obrador to give it up and move on: “it is time […] to end the protests and pledge to respect the tribunal’s final decision.”  The daily’s logic is that the rejection of a full vote recount is fine, because the tribunal said so: “This vote was apparently well run, and there is a clear and thorough process in place to deal with challenges. The electoral tribunal is respected and independent.”  Just like that.

Fortunately, the Times’ wishful thinking won’t fly in Mexico.  The demand for a full recount was minimal and the tribunal failed to ensure the transparency, equity, and certainty that — according to Mexico’s constitution — are the attributes of a valid election.  The fraud was validated.  The institutions failed.  Within the confines of Mexico’s constitution (article 39 stipulates that the sovereignty of the nation lies in the people and that whole purpose of the country’s political institutions is to serve the people), large crowds will press on.

However, as meek as the latest editorial was, what I found most disturbing (“disgusting” is probably a better adjective) is this insidious remark: “If he [López Obrador] does not desist, his party, now the country’s second-largest, should decide that it is bigger than him and that its role is as opposition within, not outside, democratic processes.”  In plain words, the New York Times is inviting other leaders and members of the Partido de la Revolución Democrática (PRD) to abandon their principles in the face of fraud and imposition and betray López Obrador and the mass movement that backs him up.  It’s a very slippery slope from fetishising political institutions and sanctifying political stability to dividing and betraying the people.

Luckily, for now, the leaders of the political coalition that supported López Obrador’s candidacy remain firmly united around the strategy and tactics chosen by the movement.  More importantly, as people shouts every day in the Zócalo plaza, López Obrador is not alone (“No estás solo” is one of the crowd’s favorite slogans).  As I have argued before, it is precisely this dynamic, by which López Obrador articulates the best instincts of his primary base of popular support, the working poor — reciprocated in turn by the working poor’s steady support of his leadership — that makes it possible for this historically victimized segment of Mexico’s population to advance in their struggle to improve their social condition.

Yesterday, in the Zócalo’s Informative Assembly, López Obrador answered the New York Times and other foreign media that have been asking him to accept the fraud.  His tone was respectful, but firm.  This is a loose transcription of his words (the video of his full speech is at www.amlo.org.mx):

“Regularly, in Mexico’s history, authoritarian regimes go abroad to look for legitimacy. What they don’t get here, with popular support, they try to make up for beseeching it abroad.  It’s a practice that spans from Victoriano Huerta to Carlos Salinas de Gortari.  And now, they want to do the same.  They claim that they are promoters of ‘modernity’ and ‘globalism’ — and follow the same script followed by every authoritarian and anti-democratic regime in Mexico’s history.  They think that if they get a stamp of approval, the ‘OK’, abroad, then they can become legitimate in Mexico.” 

Stressing his words for emphasis, he concluded: “But in Mexico… and let this be crystal clear… in Mexico, we do not accept — we do not accept an usurpation.  We do not accept a spurious president.  We do not accept that patsy — Calderón.  Let this be very clear!”

It is not at all clear that the readership of the New York Times would be best served by the Mexicans’ submission to electoral fraud and tolerance of institutional failure, all for the sake of some illusory “political stability.”  What is sufficiently clear is that Mexico’s working poor don’t think so.  They deem the acceptance of fraud as the riskiest of all courses of action.  To judge by their behavior and collective disposition, Mexico’s working poor are opting for the struggle to advance their interest.  They will continue with their strategy of peaceful, non-violent, civic resistance to the fraud and usurpation.  More power to them: Submission to rotten institutions and political abuse is not the way out.  No significant social progress in history has ever been achieved without a fight.