El poder colectivo y la unidad

El diario Los Angeles Times publicó hoy una nota de Sam Enriquez en la que, en forma muy perceptiva, toma nota del impresionante poder desplegado por el movimiento por la democracia encabezado por Andrés Manuel López Obrador.  En particular, lo que parece haber impresionado más al diario fue la acción de antier de los congresistas de la Coalición en el Palacio Legislativo.  Según el diario angelino, esta acción demostró que el movimiento por la democracia — y, en último término, por un México sin pobreza y con equidad — no radica sólo “en las calles”, entre la gente sin cargos políticos formales, sino que hay representantes del legislativo suficientemente comprometidos con el movimiento.  El periódico sugiere que, en futuras elecciones estatales y municipales, el poder del movimiento va a seguir creciendo.

Dos cosas llaman la atención.  Primero, la sutil, insidiosa subestimación que hacen del poder de la gente “en las calles” y la fascinación implícita con el poder formal e institucionalizado.  Y, dos, la tendencia — común en los medios estadounidenses — a reducir todo a atributos o motivaciones personales.  Para el Los Angeles Times, este poder está ligado personal e indisolublemente a Andrés Manuel.  En la percepción del diario, lo que se demuestra es el talento y la astucia de Andrés Manuel como “operador político”, etc.  Por supuesto, Andrés Manuel tiene mucho mérito personal, como mérito tienen los miembros de la Coalición que pusieron a Fox en su lugar.  Pero, como Andrés Manuel tiene el buen tino de admitir, el poder que se está poniendo de manifiesto en las asambleas informativas del Zócalo, en los campamentos, en las elecciones recientes en Chiapas, en las elecciones venideras en Tabasco, en las acciones en San Lázaro, etc. — un poder que va a permitirle al pueblo trabajador de México abortar la imposición y, en última instancia, transformar al país democráticamente — es un poder esencialmente colectivo.

En gran medida, el fetichismo de las instituciones es una extensión del fetichismo del poder.  Es decir, es la actitud que resulta de aceptar como natural el vivir en un ámbito muy estrecho, muy circunscrito, de necesidades, intereses y valores personales, muchas veces ilusorios, simplemente porque se ignora la verdadera naturaleza del poder y no se actúa en consecuencia.  Por “ilusorios” no quiero decir que, dadas las restricciones que este poder impone a los individuos, nuestras necesidades e intereses cotidianos no sea reales y duros.  Este poder ajeno no tiene nada de ilusorio para cada uno de nosotros como individuos, en la medida en que actuemos como partículas aisladas, separados de nuestros semejantes, de los que comparten con nosotros condiciones de vida y trabajo.  Pero es un poder completa y absolutamente ilusorio para individuos dispuestos a afrontarlo, cooperando entre sí, actuando coordinadamente y con previsión de las consecuencias.

La verdad es que todo poder radica última y esencialmente en el pueblo.  Esto es así, no sólo porque la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos así lo establezca, sino porque esa es la naturaleza real de todo poder público, ya sea que redunde en beneficio público o que se le apropie y privatice.  Lo que pasa — repito — es que, en condiciones en que reina en una colectividad la fragmentación y la atomización extremas, el poder que emerge de las acciones colectivas aparece como adherido a líderes individuales o a aparatos burocráticos.  Aparece como “carisma”, como “encanto” o como alguna otra característica mística, mágica del individuo o de su función pública formal.  Los individuos y aparatos burocráticos se apropian del poder colectivo.  Lo privatizan.  Y la diversidad de intereses y necesidades aparecen como divisiones que separan a los miembros de una colectividad.  Sin embargo, cuando los miembros de una colectividad se dan cuenta de los lazos invisibles que los conectan, su diversidad de necesidades, intereses y perspectivas mentales se convierten en las bases de su poder colectivo.

¿Qué es el poder?  En términos sencillos, el poder es la capacidad para hacer cosas, alcanzar objetivos, salirse uno con la suya — en medio de los obstáculos que la naturaleza o que las acciones de otras personas le imponen a uno.  En el contexto político, el poder consiste en la capacidad para satisfacer necesidades sociales o hacer avanzar intereses colectivos.  En términos más formales, el poder es fuerza productiva aplicada a la preservación o disolución, construcción o destrucción, reforzamiento o enmienda, de un cierto sistema jurídico, político y, o económico.  Y la fuerza productiva última, es decir, la fuerza que al fin de cuentas mueve y transforma las cosas, alcanza objetivos y convierte sueños en realidad, es el trabajo de la gente.

Necesariamente, el trabajo es siempre colectivo.  Es decir el trabajo individual se conecta de un modo u otro con el trabajo de los demás.  Por eso, para que dé frutos, el trabajo de cada uno requiere cooperación y coordinación, el concurso de otros.  En la forma tradicional en que reconocemos el poder, la cooperación se consigue casi siempre por la mala. “Por la mala” quiere decir que se consigue, en el fondo, mediante la amenaza de violencia o de dejar insatisfecha alguna necesidad vital, o resulta del abuso, el engaño o la manipulación psicológica.  Trabajan o los mato, o los golpeo, o se mueren de hambre, o los privo de lo necesario, o los dejo de querer.  Trabajan o trabajan.    Y, en su forma tradicional, la coordinación se impone desde arriba, como órdenes que se bajan y se deben obedecer sin chistar.  Ese fue el tipo de poder que mantuvo al PRI gobernando al país por decenios y es ahora el tipo de poder que el PAN, sus patrocinadores y aliados, está blandiendo contra quienes nos oponemos a sus designios.

El poder que se está construyendo en y a través del movimiento por la democracia es de otro tipo.  Sí, se están tomando medidas para coartar o constreñir el accionar de los miembros de un establecimiento político tradicional que no entiende razones, que no puede ser persuadido de nada, atrincherados detrás de su riqueza material y de su soberbia.  El dinero como fin en sí mismo y el poder “a la mala” (que la misma cosa acaban siendo) son los únicos argumentos que tienen sentido para ellos.  Pero, el otro lado de este poder que estamos construyendo es ese espíritu rebelde y solidario que ronda en los campamentos del Zócalo y Reforma y que inspiró a los congresistas de la Coalición en el Palacio Legislativo el 1 de septiembre pasado. 

Ese es el poder popular.  Su superioridad sobre el viejo poder, sobre el poder de sus adversarios, es que éste es un poder que nace de la convicción propia y de la persuasión respetuosa, de cuates, fraterna.  Nace del sentir de la gente de que se está haciendo — no lo que uno tiene que hacer por miedo, obligación forzosa, codicia o vanidad, sino — lo que es moralmente correcto.  No se puede seguir permitiendo que la nación se hunda.  No sólo por mí y mis hijos, aunque también por ellos.  Por todo eso, por generosidad, por un profundo sentido ético — de autorrespeto y de respeto a los demás — hay que cooperar, hay que coordinarse y hay que dar la pelea contra ese reducido número de privilegiados, bribones que han secuestrado las instituciones formales del poder público y las han puesto a su servicio egoísta.  Es decir, hay que crear un nuevo poder desde abajo y orientado horizontalmente a partir de lo que hoy vibra en el Zócalo.

Hago estas reflexiones porque quiero subrayar la necesidad que se tiene de extender el movimiento a todos los de abajo y de enmedio — e incluso a aquellos de arriba que hayan conseguido lo que tienen mediante el esfuerzo honrado, que tengan la honestidad y la humildad para entender que no pueden disfrutar lo que tienen bienhabido en medio de un mar de pobreza, desigualdad e injusticia.  Tenemos la necesidad de luchar palmo a palmo por el corazón y la mente de cada persona en las clases trabajadores y medias, y — repito — por atraer a lo bueno que haya en las clases altas, por poco que sea.  Hay que tratar a cada una de estas personas como individuos únicos, inteligentes, con necesidades, ideas y puntos de vista únicos y merecedores de un profundo respeto, y exigir que se nos trate de la misma manera.  ¿Para qué?  Para cooperar y coordinar acciones en una forma muy superior a la de nuestros adversarios, cuyo poder de “convencimiento”, carente de autoridad moral y racionalidad, tiende a reducirse al garrote del granadero y a la zanahoria podrida de sus billeteras. 

Siendo un poquito más específico, es claro que el poder de este movimiento resulta de tres cosas: Uno, el número de los afectados por la situación actual del país.  Los que vivimos del trabajo o de nuestros ahorros honrados (y no de la herencia o del privilegio) somos un chingo.  Y hemos sido traicionados por quienes hoy ocupan las instituciones formales del poder.  Dos, la lucidez con que esta enorme colectividad tome decisiones.  Por ejemplo, la calidad de la discusión, conclusiones y acuerdos que emerjan de la venidera Convención Nacional Democrática dependen de que sinteticemos bien la enorme reserva de información local, sabiduría y talento individuales que hay entre quienes participamos en el movimiento.  Todos a estudiar la vida, a educarnos a nosotros mismos y a ayudar a que otros se eduquen, a pensar más y mejores formas de aumentar nuestro poder, resolver nuestros problemas y construir un México mejor.  Todos a analizar.  Todos a discutir.  Todos a acordar.

Y todos a cumplir, a ejecutar lo acordado como si fuéramos una sola mujer o un solo hombre.  Y este es el punto tres esencialísimo: la unidad de acción.  La luz difusa ni entibia la piel.  Un rayo láser puede cortar el acero.  Aunque fuésemos menos de los que somos y aunque no tuviésemos el talento que sí tenemos, con una disposición inquebrantable de actuar con unidad, el poder que tendríamos sería ya mucho de por sí.  Si cuidamos nuestra unidad, si la alimentamos, si la acendramos, nuestro poder se va a multiplicar.  Mucho va a depender de nuestra aptitud para articular las opiniones colectivas, es decir, de nuestra aptitud para escuchar, para escucharnos los unos a los otros, respetuosamente, atendiendo los puntos de vista, necesidades e intereses necesariamente diversos y hasta parcialmente contrapuestos a los nuestros.  Necesitamos dialogar, de ida y vuelta, y mejorar siempre nuestro diálogo, aprender a convencer y a aceptar ser convencidos.  Necesitamos mecanismos muy eficientes, respetuosos, leales y generosos para sintetizar la opinión y el sentir de cada uno de nosotros en acuerdos y acciones comunes que nos hagan avanzar como una fuerza política unitaria.

En gran medida, esta unidad ya se está poniendo de manifiesto en la masividad de las asambleas informativas y en la eficacia de las acciones de los compañeros congresistas en San Lázaro.  Pero la unidad no hay que darla por supuesta.  Hay que cuidarla, crearla y volverla a crear en cada oportunidad.  El establecimiento político, los poderes fácticos, los adversarios en los medios, etc. apuestan a que el cansancio físico natural y cambios en las circunstancias acaben debilitando al movimiento.  Apuestan a que el cambio en las circunstancias hagan que líderes políticos que ahora participan en el movimiento se desperdiguen, negocien en lo oscurito y a expensas del movimiento.  Voces en los medios extranjeros y nacionales insinúan que las opciones tácticas que, según ellos, López Obrador ha seleccionado unipersonalmente (cuando han sido, en realidad, acuerdos colectivos), son extremas y que los aparatos de los partidos de la Coalición necesitan pensar “responsablemente”, es decir, “negociar” un acomodo con el poder a la mala.  Fomentan la traición.  Apuestan a que, una vez reinstalados en las instituciones del poder formal mediante la imposición, puedan utilizar los recursos públicos, el tesoro de la nación, para comprar a algunos, para sembrar la desconfianza y la división y para aplastar al movimiento.  Es una estrategia tan vieja como la historia humana.  En la antigüedad, esa fue la fórmula que los emperadores romanos codificaron: Divide et impera.  Quieren dividirnos para derrotarnos.  Pero hay un antídoto invencible: ¡la unidad!

Andrés Manuel López Obrador ha dicho que uno de los parámetros de acción del movimiento debe ser la renuncia a la presión y al chantaje como medio para atraer partidarios y prosélitos.  En particular, los líderes de los partidos de la Coalición, los candidatos a puestos de elección popular, los congresistas o servidores públicos electos o designados, que — digámoslo con franqueza — han llegado a donde están en virtud del apoyo y confianza que la gente les ha dado, están en absoluta libertad de apoyar o no al movimiento, de compartir o no los acuerdos y decisiones colectivas que el movimiento tome.  Aunque a muchos, en nuestro fuero interno, la renuencia a participar en el movimiento y a compartir por ende la responsabilidad de las decisiones colectivas nos pueda parecer deslealtad, Andrés Manuel propone que hagamos un esfuerzo consciente y grande para no echárselos en cara. 

Repito, no es una actitud fácil.  Pero yo creo que Andrés Manuel tiene razón, que esta actitud de profundo respeto a las decisiones y el sentido de responsabilidad personal de esos compañeros fortalece al movimiento.  La base de nuestra unidad tiene que ser la confianza mutua y no la sospecha de nuestras motivaciones.  Que los que participen en el movimiento lo hagan sólo y en la medida en que estén convencidos de la necesidad y honorabilidad de participar en él.  Esa es una fórmula ganadora.  En la medida en que este sea un movimiento de ciudadanos y, más en general, de mexicanas y mexicanos libres y conscientes, con criterio y responsabilidad propios, mayor será el poder colectivo que logremos construir, un poder de una calidad superior, un poder que vamos a necesitar para impedir que se cometa el crimen político de la imposición y para avanzar firmemente en la transformación venidera del país.

El camino no va a ser corto, ni va estar bien pavimentado, ni va a ser una línea recta.  No somos perfectos ni pretendemos serlo.  Pero tenemos la razón y la autoridad moral.  Somos el verdadero Pueblo de México.  Vamos a avanzar.  Unidos triunfaremos.

Advertisements

4 Responses to “El poder colectivo y la unidad”

  1. Franco Says:

    Mirando en tu pagina, a la que llegue por los enlaces que pusiste en el Huffington Post, me doy cuenta que todavia tienes activo el enlace a la pagina del Sendero de Fecal.
    Esta pagina tiene varios dias que fue hackeada y la, o las personas que de manera illegal tomaron control de la pagina ahora se dedica a atacar a las personas que apollan a AMLO, especificamente ataca a Victor Hernandez, el creador de El sendero del Peje. Seria buena idea que retiraras el enlace a dicha pagina, pues solo se le esta dando publicidad a unos delincuentes cyberneticos.

    Por cierto, me dio gusto encontrar tu pagina y saber que difundes la verdad de la politica actual mexicana de este lado de la raya.

    saludos.

  2. panchovilla Says:

    Muchas gracias, CF. Ya quité el enlace. En efecto, son unos ciberdelincuentes.

    Pregunta a quién sepa de estas cosas: ¿Cómo hicieron para hackear a blogspot, que es una filial de Google? ¿Qué no tienen seguridad en blogspot/Google?

  3. panchovilla Says:

    Me piden, fuera del blog, que aclare yo este párrafo, en donde lo que escribo se puede interpretar como si dijera yo que el movimiento está cayendo en las mismas prácticas corruptas y represivas que le critica a sus adversarios.

    “Sí, se están tomando medidas para coartar o constreñir el accionar de los miembros de un establecimiento político tradicional que no entiende razones, que no puede ser persuadido de nada, atrincherados detrás de su riqueza material y de su soberbia. El dinero como fin en sí mismo y el poder “a la mala” (que la misma cosa acaban siendo) son los únicos argumentos que tienen sentido para ellos.”

    Lo que quiero decir es que acciones tales como los campamentos en Reforma y en el Zócalo, las acciones de resistencia civil y acciones como las de los compañeros legisladores de la Coalición le ponen obstáculos a los adversarios, los obligan a hacer lo que no quieren hacer. En cuanto a lo que digo de que no entienden otro argumento que el del dinero, me refiero — de nuevo — a acciones de resistencia civil como boicots a Banamex, Sabritas, etc. Eso les pega a los adversarios en el bolsillo.

    No. El movimiento no compra conciencias ni amenaza con la violencia a nadie.

  4. Charles Says:

    A day for solemn assembly

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: