López Obrador’s interview with Le Monde

August 25, 2006

Andres Manuel Lopez Obrador: “On me vole la présidence”
LE MONDE
24.08.06
09h22

Quels sont les éléments permettant d’établir qu’il y a eu fraude lors des élections du 2 juillet au Mexique ?

Depuis plus de trois ans nous avons été victimes d’une campagne de tout l’appareil d’Etat avec la participation active du président de la République car nous représentons un projet alternatif. Nos adversaires ont voulu nous détruire politiquement. Ils ont tenté de me discréditer à l’aide de vidéos, mais il a été démontré qu’il s’agissait d’un complot de l’ancien président Carlos Salinas et du gouvernement actuel. Ensuite on a essayé de m’empêcher de participer à l’élection et maintenant on me vole la présidence.

Full: http://www.lemonde.fr/web/article/0,1-0@2-3222,36-805857@51-805669,0.html

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Underground rivers

August 17, 2006

There are many topics I should be writing about.  Some of them are urgent, like the ominous threats of brutality the political establishment is sending to the Mexican people.  (By “political establishment” I basically mean the federal government, the PRI/PAN and other de-facto powers: elite conservative business organizations, the mass media, the top command of the army, and the conservative hierarchy of the Catholic church.)

The signs are out there.  The media’s deafening choir against the sit-in on the Paseo de la Reforma — which includes the voices of a group of sophisticated, supposedly liberal intellectuals and pundits — creates an enabling atmosphere.  Then Fox’s recent decision to forcefully remove the demonstrators from the area surrounding San Lázaro (the Legislative Palace) tests the waters.  He has extended the measure and, using elements of the armed forces and the PFP (which exhibited their brutality on May 4 in San Salvador Atenco, Mex.), has ordered the preemptive takeover of the entire area in anticipation of civil resistance actions during his September 1’s state-of-the-union address.  To top it off, some hardliners claiming to represent the armed forces (see, for instance, Javier Ibarrola’s columns in Milenio, which can be read here) are making menacing noises.

I don’t know whether there is already a consensus in the heights.  There must be influential elements in the political establishment doubting whether the violent imposition of their candidate is worth the high cost (see Jorge Castañeda’s last column in Reforma, where he feigns to search for a middle-ground solution to the political crisis).  But it’s hard to say how decisive these conflicting voices might be.  The least one can say is that some influential elements in the establishment are openly advocating for a violent response to the challenge posed by the democratic movement.   They seem bent in setting the tracks for a bloody train wreck. 

One of the trains is a civic, peaceful, non-violent, yet massive, determined, creative, and increasingly organized movement for democracy.  And what is the utopian, maximalist demand that has stiffened the PAN’s government to the point of contemplating what the Romans called the “ultima ratio”?  A full recount of the ballots based on grounded doubts about the official outcome of the presidential election. 

The other train is the establishment.  The question is, is it willing to impose a spurious president at the cost of brutalizing the people and taking away the last shreds of legitimacy that vest the country’s political institutions?  I have argued before that if the establishment doesn’t respect its own rules, it is left with no binding argument to expect that regular people abide by them.  When a bridge collapses on one side, it collapses altogether.

That is a most urgent issue. 

Other issues, while not urgent, are key to understanding the overall background and prospects of the struggle for democracy and — more generally — to improve the living and working conditions of Mexico’s working poor.  Of course, just like the main impulse of the movement for democracy springs from basic economic needs, the main objections to the movement are rationalizations of the interests of those who benefit from privilege and public patronage.  However, that is not to deny cogency to the ideas that are being used to undermine the movement and berate its economic agenda. 

In Mexico, a large number of influential pundits and academics believe that modern economic theory supports the notion that redistributive fiscal policies and, more generally, anything in the way of strict private ownership and decentralized markets necessarily preclude economic efficiency.  And in their argument, the principle of economic efficiency is always paramount — over and above considerations of, say, social equity.  But nothing could be further from the truth.  They also seem to be unaware of the conclusions growth economists, both theorists and empirical researchers, have drawn lately from the analysis of large data panels of internationally comparable data on inequality and economic performance.

Unfortunately, I must postpone this discussion for the time being.  To compensate those who devotedly visit my blog, I will post next an excellent article by Colegio de México’s eminent historian Lorenzo Meyer.  In Spanish.  Non-Spanish readers are encouraged to use Google Language Tools or Altavista’s Babelfish.  Enjoy!

 

*  *  *

 

Los ríos subterráneos

Lorenzo Meyer

La batalla electoral pone a las capas populares a organizarse políticamente para influir en la agenda nacional. Si el movimiento de López Obrador no se descarrila, podría ser un peligro para la derecha

Un momento raro

No son frecuentes los tiempos en que las clases subordinadas, o al menos una parte significativa de ellas, se muestren capaces de intentar una actividad política de largo plazo por su cuenta y riesgo.  Posiblemente lo más significativo de la elección del pasado 2 de julio en México termine por ser -y ésta es una mera conjetura, una hipótesis de trabajo- no el resultado mismo de la votación, ni lo que haga o deje de hacer al respecto el aparato institucional relacionado con ese tema, sino que el proceso se haya convertido, sin que nadie realmente lo previera, en el detonador de un movimiento social y político de naturaleza popular y masiva, que lo mismo puede resultar efímero que consolidarse y cambiar la naturaleza misma de la política mexicana en los años por venir.

Y es que ese movimiento, si finalmente se sostiene, puede empujar hacia la superficie a un viejo río de energía colectiva -hoy mezcla complicada de muy añejos resentimientos y reclamos de clase, de una recién adquirida conciencia del potencial político de los siempre marginados más la vaga esperanza de un futuro mejor- que normalmente no se manifiesta pues corre por un cauce subterráneo, por concavidades producto de siglos de cultura de la subordinación, la explotación, la discriminación y la represión. La última vez que ese río emergió a la superficie política de México fue durante el cardenismo. En cualquier caso, su correr por el exterior dejó huella clara pero breve, pues el liderazgo autoritario del PRI lo volvió a su antiguo cauce en el subsuelo social y cultural mexicano. En 1994, en Chiapas, el neozapatismo intentó sacar a la luz del día ese río subterráneo pero finalmente no fue el caso. Inesperadamente, las elecciones del 2006 -la crisis postelectoral- parecieran tener el potencial de volver a la superficie lo que por muchos años ha estado escondido.

En cualquier sociedad, la acción política normal pareciera ser, y generalmente lo es, un asunto que sólo concierne a las élites. Las más de las veces, las mayorías parecieran ser -y de hecho son- meros objetos de fuerzas cuya naturaleza real esas mayorías ignoran. Incluso cuando la ciudadanía acude a las urnas, su capacidad para actuar en función de sus propios intereses es limitada pues las condiciones en que vota son moldeadas por las acciones e intereses de las minorías. Lo que está ocurriendo hoy en México no puede caracterizarse como “política normal”. Un sector de las capas populares que, sin ser mayoría, es muy numeroso, se ha politizado muy rápidamente, se resiste a volver a las márgenes del sistema de poder y está desafiando, pacífica pero consistentemente, un orden que todos los indicadores disponibles de distribución del ingreso, de desarrollo humano y el propio sentido común, muestran que redunda en un beneficio exagerado e ilegítimo de los pocos en detrimento de los muchos.

El momento del quiebre

Es posible que la energía política de las otrora llamadas “clases peligrosas” y hoy “populares”, no hubiera emergido a la superficie si la campaña electoral se hubiera conducido de una forma menos dura y parcial. Claro que sin esa parcialidad, es posible que el 2 de julio la derecha ni siquiera hubiera tenido la pequeña ventaja de medio por ciento que finalmente alega haber tenido.

La campaña electoral real duró años y nunca se llevó a cabo en condiciones de equidad. Se desarrolló en un terreno donde el Presidente y otros actores impidieron el “juego limpio”. Para empezar, en el 2003, las dos fuerzas dominantes en el Congreso federal -el PRI y el PAN- decidieron dar forma a una directiva del Instituto Federal Electoral (IFE) “a modo”. En efecto, de los nueve consejeros encargados de dirigir a la institución, cuatro lo fueron a propuesta del PAN y cinco del PRI, incluido el consejero presidente. Poco importó a los diseñadores de ese consejo -entre ellos y notablemente, Elba Esther Gordillo- la marginación del PRD de ese proceso, tampoco importó que la experiencia en materia electoral de algunos consejeros fuera nula, que su cercanía con las cúpulas de los partidos que les propusieron fuera mucha e, incluso, que uno de ellos simplemente no tuviera el grado universitario exigido por la ley.

Pero más que la naturaleza de la directiva de la institución electoral, fue la naturaleza de la acción de la Presidencia de la República, la que hizo del terreno electoral del 2006 un campo impropio para una lucha cívica donde pudiera prevalecer el espíritu de tolerancia, de respeto por el otro y de negociación. El primer paso fue echar a andar, desde “Los Pinos”, el insensato proyecto de hacer de la esposa del Presidente la candidata presidencial “natural”. La idea de una Eva Perón mexicana requería eliminar al único rival desde entonces muy peligroso: el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Fue así que la Presidencia puso en marcha, con el apoyo de los dos mismos partidos que habían dado forma a un IFE bajo sospecha, un plan que debía concluir en la neutralización de la candidatura de AMLO vía su desafuero por, supuestamente, no haber cumplido con la orden de un juez para detener a tiempo la apertura de una calle en la capital. La resistencia popular a este empeño por decidir la elección antes de llegar a las urnas fue el anticipo del actual movimiento social.

El broche de oro

En una reunión académica posterior al 2 de julio, un panista explicó que su partido había decidido usar la campaña electoral para subrayar sus diferencias con la izquierda. Ahora bien, según él, una vez terminada la campaña -y asegurado la victoria- todo debía dar un giro de 180 grados, dejar de lado las diferencias y buscar puntos de acuerdo y retornar a la normalidad. En la realidad, la estrategia panista de “subrayar diferencias” significó elaborar una campaña de medios para crear una atmósfera de miedo y descalificar a la izquierda sustentando un diagnóstico falso pero eficaz: AMLO era, ni más ni menos, que el equivalente mexicano de Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, para concluir que por eso era un “peligro para México”. Esa decisión del PAN cercenó, implícitamente, a casi 15 millones de mexicanos del “proyecto nacional panista”.

El evidente esfuerzo de la derecha, llevado a cabo desde dentro y fuera del gobierno, por cerrar la posibilidad de una alternancia derecha-izquierda que por un buen tiempo prefiguraron las encuestas, ha terminado por llevar a esa izquierda a recelar del camino electoral y a empujarla a organizarse ya no en función de las urnas, sino de una confrontación abierta, sistemática, permanente, con la derecha. Así, la supuesta conclusión de un “proceso electoral ejemplar” ha desembocado en una izquierda con base social pero recelosa del entramado institucional y que prefiere apostar por la movilización social como el mejor camino para hacer realidad el programa delineado por AMLO el domingo 13 de agosto: combate a la pobreza, a la “monstruosa” desigualdad, a la corrupción, a la forma en que se ha usado a los medios y las instituciones y, finalmente, impedir la privatización de los recursos nacionales (petróleo y electricidad).

El futuro

En nuestra recién nacida democracia política, se suponía que las masas sólo intervendrían en política cuando el calendario electoral lo autorizara. En contraste, la derecha, podía seguir haciéndolo de manera cotidiana vía el control del gobierno, el manejo del mensaje que dan los grandes medios de información, la acción de los cabilderos profesionales, de las cámaras empresariales, etcétera.  Si el proyecto encabezado por AMLO no se descarrila, la energía de las “clases perdedoras” que la frustración electoral ha impulsado hacia la organización y la acción política, podría dejar de ser el río subterráneo que hasta hoy ha sido y empezar a influir cuando y donde se considere apropiado, en la conformación de la agenda nacional, sin estar ya restringida sólo al tiempo de las urnas. Este movimiento, si bien no es un “peligro para México”, sí podría serlo para el México de la derecha.

En fin, posiblemente el PAN supuso que el tiempo de los “contrastes” duros abarcaría sólo el tiempo de la campañas. Sin embargo, la izquierda está aprendiendo de sus adversarios y ha diseñando su propia política de “contraste” duro, con la diferencia de que esta vez se trataría de un contraste permanente. En fin, la izquierda puede llegar a tener masas entusiasmadas con la idea de llevar la democracia del plano meramente electoral -la “República simulada”- al social, situación que no se había dado desde ese lejano tiempo en que nació el PAN, justo como reacción a la política de masas del cardenismo.

López Obrador’s op-ed article in the NYT

August 11, 2006

Link to the op-ed article by Andrés Manuel López Obrador, “Recounting Our Way to Democracy,” published today in the New York Times:

http://www.nytimes.com/2006/08/11/opinion/11lopezobrador.html

¿Democracia o fetichismo institucional?

August 10, 2006

[Scroll down or click here to read the English version of this post.]

El diario Reforma cuenta entre sus columnistas a algunos de los críticos más listos del movimiento por la democracia encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Me refiero a Federico Reyes Heroles, Jorge Castañeda, Enrique Krauze, Sergio Sarmiento y — en cierta medida — a Andrés Oppenheimer (también del Miami Herald). Cada uno de ellos tiene su enfoque particular, pero comparten todos algunos rasgos comunes que vale discutir aquí.

Con frecuencia, estos críticos se asignan la tarea de regañar al movimiento, como si estuvieran profunda y personalmente preocupados por la suerte de la izquierda en Mexico. Como si la razón de ser de la izquierda — a saber, la unidad, organización, autoeducación y progreso de la población de trabajadora de México — estuviera siendo traicionada por el radicalismo de López Obrador y como si su misión de columnistas fuera mostrarle a AMLO y a todos los miembros de la izquierda la forma correcta de conducirse. Con frecuencia lamentan la ausencia de una “izquierda moderna”, más inteligente y razonable.

Yo creo que alguien debería sacarlos (a ellos y a sus lectores crédulos) de tal pretensión. A juzgar por su trayectoria personal, profesional y — por lo menos en un caso — política, no hay nada en ellos que revele un interés actual genuino en la unidad, organización, ilustración y progreso de la población trabajadora de México. ¡Absolutamente nada! Más bien se podría demostrar lo contrario. Por ello, sus vidas contrastan fuertemente con la de López Obrador. Con fallas y todo, AMLO ha puesto su vida adulta al servicio de los trabajadores pobres de México. Desde muy jóven ha sido un activista y organizador. Y una vez en el poder, como cabeza de gobierno en el Distrito Federal, ha logrado convencer a un gran número de trabajadores pobres (entre otras muchas personas), con hechos, que está de su lado. Por eso, ciertamente estos críticos no son ni tienen nada que ver con López Obrador.

Estos críticos cuestionan las credenciales democráticas de López Obrador, porque — en lugar de atenerse sumisamente a las reglas del juego político en México — se ha rehusado a darles el beneficio de la duda. Sobre todo, ha sido muy escéptico de las instituciones políticas clave, las que regulan la transferencia del poder público. Su consigna, como la Santo Tomás, ha sido: “Hasta no ver, no creer”. Esto, los críticos creen, demuestra la duplicidad política de López Obrador, su visión “instrumentalista” de las instituciones políticas (y de la gente, a quienes toma como “tontos útiles”), que han de ser tomadas en serio sólo cuando así conviene a su interés personal y descartadas de otro modo (véase la columna de Castañeda en el Reforma de hoy).

Pero, seámos claros aquí: ¿Quién en México no tiene una visión instrumentalista de las instituciones políticas? ¿Quién cree que las instituciones políticas son fines en sí mismos? ¿Los ricos? ¿Las organizaciones dizque empresariales? ¿Los partidos políticos? ¿Los medios? ¿Los columnistas de Reforma? ¿La jerarquía católica? ¿Me puedo dejar de reír ya? La verdad es que las instituciones políticas — de hecho, todas las organizaciones sociales — son instrumentos para la gente que las constituye. La gente, gente real con intereses y necesidades reales y no siempre mutuamente compatibles, utiliza sus instituciones políticas, sus organizaciones sociales, etc. para negociar sus intereses, para conseguir sus objetivos — individuales y colectivos.

Las instituciones políticas y las organizaciones sociales van y vienen. Las necesidades fundamentales y los intereses económicos de la gente tienen mayor permanencia. Es claro que la gente razonable prefiere organizaciones sociales capaces de capotear y resolver conflictos. Su disolución, la desobediencia a sus reglas o su derrocamiento forzoso tienen un alto costo, por eso esas medidas se ven siempre como un recurso de última instancia. Con todo, no es infrecuente que las instituciones políticas y sociales fracasen miserablemente, y que la gente las tenga que tolerar a regañadientes, reformarlas o construir otras nuevas. Esto ocurre en México y todos lados.

Si nos limitamos a una definición estrecha de la democracia (digamos, definida por el voto legalmente libre), México tiene una larga historia de fracaso político. Ahora bien, si sólo miramos la superficia política y le creemos a estos columnistas (o al propio New York Times), México ha experimentado un firme progreso democrático en los últimos 8 ó 10 años. Después de todo, el aparentemente eterno PRI fue desalojado del poder ejecutivo federal y reemplazado por el PAN, pacíficamente. En efecto, eso ocurrió.

Sin embargo, si vemos el tejido social y económico subyacente y adoptamos una retrospectiva de — digamos — 20 a 23 años, lo que observamos es el estancamiento, si no es que el deterioro continuo de las condiciones de vida y de trabajo de una parte muy grande de la población mexicana. Hay toda suerte de síntomas perturbadores: desempleo, empleo informal, emigración, familias rotas, crimen duro y en todas sus manifestaciones, uso y abuso de las drogas, narcotráfico, guerras entre mafias, desamparo infantil, desmoralización, crisis de la salud, decadencia urbana y ambiental, una insurgencia guerrillera y una larga serie de conflictos laborales y políticos locales y regionales.

Las estadísticas recientes de pobreza nos permiten avizorar las dimensiones de un aspecto trágico del desastre social: ¡50 millones de mexicanos viven en la pobreza (en un país en que unos pocos tienen riquezas fabulosas que compiten con las de los ricos del mundo rico)! Y aquí yo pregunto: ¿A cuántos de los columnistas de Reforma les gustaría vivir con, digamos, 25 o 30 dólares al día, es decir, cinco veces el ingreso de la línea de la pobreza en México? La verdad es que la pobreza real aflige a mucha gente que no es oficialmente pobre, pero que de todos modos carece de oportunidades básicas. ¿Y qué uso han tenido y tienen para todas estas personas las instituciones políticas de México? Y, en este mismo contexto, ¿qué confianza o seguridad creen los críticos que esta mayoría de los mexicanos siente hacia las instituciones “democráticas” del país?

Les voy a dar una pista: La mayoría abrumadora de los mexicanos tiene razones muy fuertes, razones personales incluso, para sentirse total y completamente ajena, distante y enojada con las instituciones políticas del país. ¿Por qué? Porque estas instituciones políticas les han fallado. No sólo no han detenido, sino que en algunos casos han acelerado la horrenda caída de las condiciones en que viven y se ganan la vida. Por consiguiente, por lo menos para esta mayoría, el carácter “democrático” de estas instituciones no se puede presuponer, tiene que ser demostrado. (Recuérdese que democracia viene del griego “demokratia”, en donde “demos” significa el pueblo común y “kratos” gobierno; la democracia es el gobierno de, para y por el pueblo común.)

Ellos desconfían de las instituciones “democráticas” por razones comprensibles. Por ello, la única forma en que toda esta gente va a comenzar a incorporarse a la vida política institucional de México es, no pidiéndole que crean a priori en el IFE y en el TRIFE, al margen del resultado. Ellos no van a creer en estas instituciones a priori. Ellos necesitan primero ver resultados tangibles. Necesitan evidencia palpable de que su voluntad colectiva va a ser respetada y que pueden hacer avanzar sus intereses negociándolos a través de dichas instituciones políticas. De otro modo, ¿para qué tomarse la molestia?

Los críticos del movimiento democrático colocan la carreta muy adelante del caballo sólo para quejarse de que la carreta no consigue jalar al caballo. Si más de la mitad de la población mexicana está económicamente excluida e históricamente marginada de las instituciones políticas, ¿hay algún misterio en el hecho de que un líder que parece seriamente comprometido en promover los intereses de los trabajadores pobres se muestre escéptico hacia la honestidad, aseo y equidad de las instituciones políticas? ¿No es claro que si López Obrador mostrara una brisna de confianza ciega en estas instituciones políticas los trabajadores pobres le darían la espalda y lo tacharían de tonto? Y con buena razón.

Lo más extraordinario (algo que los críticos tienden a ignorar) es que López Obrador haya realizado mucho del trabajo pesado para ayudar a los trabajadores pobres de México a insertarse en el proceso político institucional. Sí, ha sido con una gran dosis de duda y escepticismo, pero enteramente justificada. El hecho es que ha logrado persuadir a un número significativo de trabajadores pobres (y, repito, no sólo a ellos, aunque son ellos sin duda su base principal de apoyo) de buscar un mejoramiento en su condición socioeconómica por la vía cívica, pacífica.

Los ha persuadido de que, aunque los dados del juego político están cargados por la desigualdad social existente, vale la pena intentarlo. Y ha delineado un plan económico que, mezclando la austeridad fiscal con inversiones públicas y sociales debidamente dirigidas, podría razonablemente conducir (así lo creemos algunos) a un mejoramiento gradual en la condición social de esta gente, difícilmente a expensas de la clase rica tomada en su conjunto, aunque ciertamente destetando a unos cuentos parásitos del fisco. Sin embargo, la guerra sucia — desde el desafuero hasta los fiascos recientes del IFE y el TRIFE, pasando por la campaña en los medios acusándolo de ser un “peligro para México” — han empujado las cosas en la dirección opuesta.

No hay vuelta de hoja: Se requieren cambios económicos y sociales fundamentales antes de que México pueda gozar de instituciones políticas estables. Para que la población trabajadora pobre se sienta incluida en el proceso político y comience a confiar en las instituciones políticas del país, necesita ganar primero. Sí, así es, ganar primero. Y ganar, no sólo en el sentido de poner en la presidencia o en el congreso a políticos que simpaticen con su causa, sino en el sentido de tener un gobierno en cuya conducción ellos participen efectivamente y cuyas políticas se traduzcan en avances concretos en sus intereses.

A largo plazo — e incluso a corto plazo — es improbable que un líder social más obsecuente con las trampas de la política institucional sea mejor para la viabilidad política de México. Los comentaristas en la prensa se reclinan en la creencia cómoda de que López Obrador, o algún grupo de viejos izquierdistas resentidos e incapaces de digerir las lecciones de la historia mundial, son los que determinan las opciones tácticas supuestamente radicales del movimiento por la democracia. Repito, la desconfianza y la enajenación son la condición política natural de los trabajadores pobres de México, y — a pesar de las campañas desatadas en su contra — un número grande de ellos han depositado sus esperanzas en la candidatura de López Obrador. Y la disposición natural de esta gente es a rechazar el sistema político que se rehusa a hacerles justicia. Y por buenas razones. Lo menos que pueden esperar de un movimiento político es coraje para defenderse del abuso y del engaño.

El origen del candado histórico que traba al sistema político mexicano no es el radicalismo (real o imaginado) o la astucia política de López Obrador. Es la pavorosa desigualdad social del país. Con la sentencia del TRIFE de conceder unas gotitas de transparencia democrática al amparo de tecnicismos leguleyos, los poderes establecidos están a punto de desperdiciar la oportunidad para que el sistema político comience a destrabarse, incorpore a los trabajadores pobres en el proceso político y gane viabilidad a largo plazo. Aunque la oportunidad está por cerrarse, todavía queda tiempo. Pero nada que no sea el recuento total de los votos del 2 de julio va a funcionar.

En este momento, si López Obrador quiere mantenerse como un paladín creíble de los trabajadores pobres y de las clases medias ilustradas, va a tener que seguir demostrando la misma disposición férrea que le ha merecido ya la cólera de sus adversarios. Como él mismo lo sugirió en uno de sus discursos recientes, no hay nada gratuito en la selección de medidas tácticas. Cualesquiera sean los métodos políticos utilizados por el movimiento, estos van a tener un costo y van a ser satanizados por los adversarios. No existe ninguna manera de conducir una protesta efectiva, incluso dentro de los márgenes más estrechos de la desobediencia civil pacífica, sin perturbar la normalidad social y sin molestar a los que se benefician del status quo. Al final de cuentas, tenemos que hacer a un lado el fetichismo de las instituciones (interesado o no) que nos regalan los críticos en sus columnas. La raíz última de la soberanía y de las facultades que las autoridades tienen, con fallas y todo, es el pueblo raso.

La resignación y la sumisión ante la injusticia no deben confundirse con la paz social. Los trabajadores pobres de México no desean la violencia. La aborrecen tanto o más como los que se dan golpes políticos de pecho cada tres cuartos de hora. Los pobres están desarmados. Pero tienen una alta determinación a persistir en su lucha. Y hay ocasiones en que la terquedad es virtud política. La gente se prepara para una pelea tan prolongada como la impongan los adversarios. Cívica y pacífica de este lado, bajo ominosa amenaza de represión de aquel lado, es decir, pelea al fin.

López Obrador ha dicho que — como Juárez — está dispuesto a llegar tan lejos como la gente que lo apoya quiera llegar. Esta gente está hablando con toda claridad, con acciones y a un alto costo personal: quieren defender su voto hasta hacerlo valer o hasta el final amargo. Ellos ven a las instituciones políticas como instrumentos u obstáculos a sus intereses. Igual que los ricos y privilegiados. Y si los ricos y privilegiados no respetan las instituciones políticas que tan bien les han servido, ¿por qué las ha de honrar y obedecer el trabajador pobre que nunca ha recibido de ellas nada de valor? Este no es un llamado a la violencia a quienes no tienen medios para ser violentos. Es un llamado a su desobediencia, a su resistencia seria y terca dentro de los límites pacíficos, no violentos acordados por el movimiento.

¡Voto por voto! ¡Casilla por casilla!

Democracy or institutional fetishism?

August 9, 2006

The daily newspaper Reform counts among its columnists the smartest critics of the movement for democracy led by Andrés Manuel López Obrador: Federico Reyes Heroles, Jorge Castañeda, Enrique Krauze, Sergio Sarmiento, and Andrés Oppenheimer (who also writes for the Miami Herald). Each of them has his particular take, but they all share some commonalities worth discussing here.

Rather frequently, these critics admonish the movement as if they were deeply and personally concerned about the fate of the left in Mexico, as if the raison d’être of the left — namely, the unity, organization, self-education, and progress of Mexico’s working people — had been betrayed by López Obrador’s radicalism and it were their mission to show him and all leftists the correct way to advance their cause. They often decry the absence of a “modern left”, more intelligent and reasonable.

I think somebody should disabuse them (and their gullible readers) of such presumption. Judging them by their personal, professional, and — in at least one case — political trajectories, there’s nothing in them that reveals a genuine current interest in the unity, organization, enlightenment, and progress of Mexico’s working people. Nothing! If anything, the opposite can be shown. So, their lives stand in stark contrast with López Obrador’s. Flaws and all, AMLO has devoted his adult life to helping the working poor. He’s been an activist and organizer since he was in his twenties. And once in power, as Mexico City’s mayor, he has persuaded a large number of poor workers, with deeds, that he is on their side. So, no, they are no López Obrador.

The critics question López Obrador’s democratic credentials, because — instead of abiding by the rules of Mexico’s political game — he has refuse to give them the benefit of the doubt. He has been most skeptical of the most important rule — that which governs the transfer of public power. This, the critics believe, proves that López Obrador is “duplicituous” and has an “instrumentalist” view of political institutions (and people), where they are to be taken seriously only to the extent his own personal interest can be advanced through them and discarded otherwise (see today’s column by Castañeda in Reforma).

But, let’s be clear here: Who in Mexico doesn’t have an instrumentalist view of the political institutions? Who believes that Mexico’s political institutions are ends in themselves? The rich? The political parties? The media? The columnists of the newspaper Reforma? The Catholic hierarchy? Can I stop laughing now? Here’s a fact: Political institutions — in fact, all social organizations — are instruments for the people who make them up. People, real people with real interests and needs, use their political institutions, their social organizations, etc. to negotiate their interests, to accomplish their goals — individual and collective.

Political institutions and social organizations come and go. The fundamental needs and the economic interests of people tend to have more permanence. Clearly, reasonable people prefer social organizations that can withstand and settle conflicts. Dissolving them, disobeying their rules, or overthrowing them forcefully has a hight cost, so these measures are usually viewed as a last resort. Yet, not infrequently political organizations and social organizations fail miserably, and people have to tolerate them begrudgingly, reform them, or build altogether new ones. That happens in Mexico and everywhere else.

If we limit ourselves to the narrowest definition of democracy (say, as defined by legally-free vote), Mexico has a long history of political failure. Now, if we only look at the surface of political life and believe the Reforma columnists (or the New York Times for that matter), Mexico has experienced steady democratic progress in the last 8-10 years. After all, the seemingly eternal PRI was evicted from the federal executive power and replaced by the PAN, peacefully. Yes, that happened.

However, if we look down to the underlying social and economic fabric and take — say — a 20-23 year retrospective, what we observe is the stagnation if not continuous deterioration of the living and working conditions of a very large portion of the Mexican population. There are all sorts of disturbing symptoms: unemployment, informal employment, emigration, broken families, crime in all its manifestations, drug use, drug abuse, drug traffic, mafia wars, homeless children, demoralization, health crisis, urban and environmental decay, a guerrilla insurgency, a long series of labor and local or regional political conflicts.

Recent poverty statistics have given us a hint of the size of the disaster: 50 million Mexicans live in poverty (in a country where a few have fabulous world-class wealth)! And here I ask: how many among Reforma’s columnists would like to live with, say, 25 or 30 dollars a day — five times Mexico’s poverty-line income? Point is, actual poverty afflicts a lot of people who are not officially poor. And what use do Mexico’s political institutions have for all these people? And in this light, what confidence or assurance do the critics believe Mexico’s majority feel towards their country’s “democratic” institutions?

Here’s a clue: An overwhelming majority of Mexicans have strong reasons to feel utterly and completely disenfranchised, alienated from, and angry at their country’s political institutions. Why? Because these political institutions have failed them. They have not stopped — in fact, they have accelerated — the horrendous decline in these people’s lives and livelihoods. Therefore, the “democratic” character of these institutions is to be proved, not assumed. (Remember: “demokratia” from the Greek “demos” or regular people and “kratos” rule or governance; democracy is the rule of, by, and for the regular people.)

They distrust the institutions of “democracy” for understandable reasons. So, the only way these people can begin to be incorporated into Mexico’s institutional political life is not by asking them to believe in the IFE and TRIFE a priori, regardless of outcome. They won’t believe in them a priori. They need to see results first. They need palpable evidence that their collective will is respected and that they can advance their interests by negotiating them through these political institutions. Otherwise, why bother?

The critics of the democratic movement place the cart way ahead of the horse, only to complain that the cart is not pulling the horse. If over half Mexico’s population is excluded, historically marginalized from institutional politics, is there any mystery that a politician who appears committed to promote the interests of the working poor is skeptical about the honesty, cleanliness, and equity of the political institutions? Isn’t it clear that if López Obrador showed even the slightest measure of blind confidence in these political institutions, the working poor would desert him and deem him an idiot? And for good reason.

It is most remarkable (something the critics tend to ignore) that López Obrador has done a great deal of heavy lifting in helping the working poor insert themselves in Mexico’s institutional political process. Yes, it’s been with a large measure of doubt and skepticism. But, again, that is understandable and justified. The fact is that he has persuaded a significant number of poor working people (not only, but that is clearly his main constituency) to seek an improvement in their social condition by civic, peaceful means.

He has persuaded them that it is worth the shot. And he has outlined an economic plan that, mixing fiscal pennypinching with well targeted public and social investment, could reasonably lead — some of us believe — to a gradual improvement in their social condition, barely at the expense of the rich as a class, although certainly at the expense of a few fat fiscal parasites. However, the dirty war — from the “desafuero” to the campaign in the media in which the critics in Reforma are taking part to the recent IFE and TRIFE fiascoes — has pushed things in the opposite direction.

There is no way around this: Fundamental economic and social changes are required before Mexico sees stable political institutions. For the working poor to feel included in the political process and trust the country’s political institutions, they need to win first. Yes, win first. And win, not only in the sense of voting a president or a congress sympathetic to their plight, but in the sense of having a government in whose conduction they effectively participate and whose policies and outcomes advance their interest.

In the long run — and even in the short run — it is unlikely that a leader more acquiescent to the traps of institutional politics would be better for Mexico’s political viability. The pundits lean towards the comforting belief that López Obrador, or a group of resentful old leftist who have not digested the lessons of history, are driving the tactical choices made by the movement. To repeat myself, distrust and alienation are the default mode of Mexico’s working poor, and a large number of them have vested themselves in López Obrador’s candidacy. And these people’s natural inclination is to lash out at a political system that refuses to do them justice. And for good reason! The least these people can expect from a political movement is the courage to fight deceit and abuse.

The source of Mexico’s historical gridlock is not the radicalism (real or imagined) or the political cunning of López Obrador. It is the country’s social inequality. The opportunity for the political system to begin to incorporate the working poor in the political process and gain long-term viability is about to be wasted by the powers that be. There’s still a chance though. But nothing short of a full recount will do.

At this point, if López Obrador wants to remain a champion of the working poor and the enlightened middle classes, he’s going to have to show a steely resolve. As he suggested it in one of his recent speeches, there’s no tactical free ride. Whatever the movement does will entail a political cost. There is no way to conduct an effective protest, even within the confines of peaceful, non-violent civil disobedience, without disrupting normal social life. Ultimately, regardless of the fetishism of political institutions, the ultimate source of sovereignty, flawed and all, is the people.

Resignation and submission to injustice is not to be confused with social peace. The working poor don’t want violence. They are disarmed. But they are also determined. And there are times when political stubbornness is a political virtue. Let’s get ready for a long fight. Civic and peaceful on our side, but let it be a real fight. López Obrador has said that, like Juárez, he’s willing to go as far as the people who placed him where he is want to go. Those people are speaking clearly with deeds and at a high personal cost. They want to defend their vote until their vote counts or until the bitter end. They view political institutions as either instruments of or obstacles to their interest. And so do the rich and the privileged. And if the rich and privileged don’t respect the political institutions that have served them so well, why should the working poor — who have got nothing of value from them — honor them and submit to them? This is not a call to violence to people who don’t have means or disposition to wage violence. It is a call to seriously and stubbornly disobey and resist the imposition within the peaceful, non-violent limits agreed on by the movement.

Vote by vote! Polling place by polling place!

From the CEPR

August 9, 2006

An analysis of the recounted ballots also shows a number of anomalies. For example:

* Most of the difference between the recounted and the original totals is due to 116 ballot boxes that lost an average of 63 percent of their votes during the recount. These were largely ballot boxes that contained more than the proscribed limit of 750 votes.

* Not all of the ballot boxes that had more than 750 votes were re-opened. The ones that were opened had a significantly higher percentage of votes for Lopez Obrador than the ones that were not opened. This raises the possibility that the recount gave Lopez Obrador a net loss of votes because of the way in which these “over voted” ballot boxes, which lost most of their votes during the recount, were selected to be opened.

* The majority of the null votes (17,129 or about 2 percent of the total votes) in the recounted ballot boxes were removed in the recount. The IFE did not explain whether any of these null votes became valid votes in the recount. If so, this is potentially important because the total number of null votes in the presidential race is more than three times the margin of difference between the two top candidates.

The authors note that it is possible that these and other anomalies found in the recounted data, described in the paper, have reasonable explanations. However, what is most difficult to explain is the lack of transparency in the process and the inordinate amount of time that the IFE has taken to publicize information – still very incomplete – on the recount that has taken place.

“It is unfortunate that the Federal Electoral Tribunal made a decision about which ballot boxes to recount before the results of this first partial recount were explained to the public,” said Weisbrot. “Furthermore, if this new recount is not conducted very differently than the last one, it is difficult to see how it will be of much use in obtaining a credible result.”

Full document:

http://www.cepr.net/publications/mexico_recount_2006_08.pdf

El TRIFE valida el fraude

August 5, 2006

[Scroll down or click here to read the English version of this post.]

Unánimemente, el tribunal federal electoral del poder ejecutivo de la federación, el TRIFE, decidió rechazar la demanda de la Coalición que encabeza Andrés Manuel López Obrador, de recontar los votos, uno por uno, casilla por casilla. Esgrimiendo un argumento mezquino, casuístico y leguleyo, de que la Coalición no demostró la existencia de irregularidades sino en la mitad de los distritos y, en ellos, sólo en unas 11,800 casillas (de un total de unas 134,500), el TRIFE rechazó el recuento completo.

Aunque la sentencia del TRIFE no es sorpresa para quienes saben alguito de la historia del poder judicial en México, no deja de ser decepcionante para — entre otros muchos — los trabajadores pobres de México (es decir, la mitad de los mexicanos), una parte significativa de los cuales decidió buscar un mejoramiento en su condición social dentro de los parámetros estipulados por López Obrador, a saber, primero, el voto y, ahora, la defensa del voto mediante la desobediencia civil pacífica, no violenta.

Como recordatorio de las fuerzas volcánicas que se agitan en el subsuelo social de México, podríamos aludir al conflicto reciente en Oaxaca, en donde los maestros estuvieron enzarzados en una prolongada batalla por mejores salarios y un mayor presupuesto educativo con un gobierno estatal cada vez más represivo y respaldado por el gobierno federal. O podríamos mencionar que, en el sureste de México, en Chiapas, hace 12 años, un grupo de indígenas abandonó toda esperanza en que la vía cívica y pacífica para resolver su desventaja social les haría justicia. Organizados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, lanzaron una insurrección armada.

Aunque su lucha armada ha sido suspendida, sus demandas no han sido satisfechas ni han ellos abandonado sus armas o su militancia. El PAN, con Vicente Fox, prometió resolver el conflicto en Chiapas en 15 minutos, pero eso quedó como una más de las muchas promesas que el PAN y Fox incumplieron.

Aunque los ricos en México, y algunos en la clase media con ilusiones, desearían que los trabajadores pobres desaparecieran de la palestra política y sólo se presentaran a trabajar en las muchas tareas que hacen que las cosas marchen, esa gente no va a desaparecer. De hecho, sin un cambio en la política económica en la dirección delineada por López Obrador, es muy difícil imaginarse una reversión seria en la tendencia hacia una mayor desigualdad e injusticia sociales en México. Por consiguiente, las condiciones que generan el descontento social en México van a persistir y, más probablemente, a crecer incluso. Esto en un momento en que la economía de Estados Unidos puede entrar en un período turbulento y los demagogos en el congreso estadounidense van a hacer más difícil la emigración de trabajadores mexicanos.

El TRIFE ha demostrado ceguera y sordera, insensibilidad total, al clamor de los trabajadores pobres de México. ¡Que con su pan (o PAN) se lo coma! Con tecnicismos legales, le ha proporcionado una cobertura al fraude. En una nota anterior en este blog, yo expresaba mi inquietud de que el TRIFE fuera incapaz o no quisiera unir los puntos: las irregularidades mostradas por la Coalición eran sólo una muestra que justificaba abrir toda la paquetería electoral — como la punta de un témpano de hielo flotando en el océano. El argumento principal no podía ser técnico. En el contexto de México, las víctimas del fraude electoral, López Obrador y (sobre todo) los que lo apoyaron con sus votos, tenían que ser atendidos como las víctimas de una violación política. El TRIFE no podía poner toda la carga de la prueba en la víctima. El argumento tenía que ser político y de sentido común puro y simple:

Dada la historia reciente y remota de México, una historia de fraude y engaño político, y dada la breve distancia que — según el cuestionado árbitro electoral, el IFE — existía en el conteo de los principales candidatos (una diferencia de 0.5%), un “número pequeño” de irregularidades — ya sea en los distritos y casillas en donde la Coalición tuvo la suerte de detectarlas o en lugares en donde no — debería haber sido suficiente para poner en duda todo el proceso. Era la responsabilidad de este alto tribunal el limpiar la elección a los ojos del público.

La forma en que millones de mexicanos van a leer el veredicto del TRIFE es la siguiente: el establecimiento político — sus instituciones políticas formales y sus poderes fácticos (la cúpula dizque empresarial, los medios, la iglesia católica, etc., que tienen una influencia desmedida en la política y las políticas mexicanas) — ha hablado a través del TRIFE. En lugar de convencer al público de que la elección fue limpia, en lugar de conquistar la confianza de un pueblo justificadamente alienado y suspicaz ante el poder público, el TRIFE como vocero del establecimiento político dijo que no les importa la confianza o la credibilidad públicas.

No van a admitir un recuento (algo sabrán que no quieren que sepamos) y, más bien, van a imponer su candidato. Están dispuestos a pagar el alto precio de tener un presidente ilegítimo: el descrédito público y — con alta probabilidad — el descontento y la insubordinación públicos. Y dado que la gente que participa en el movimiento por la democracia no se va a rajar hasta que logre hacer que se respete su voluntad colectiva, entonces el estado va a tener que recurrir a la fuerza. Ese es el mensaje ominoso. El TRIFE, sus magistrados, quieren ser recordados como los alcahuetes de un presidente espurio y represivo.

La gente que está defendiendo la democracia en la Ciudad de México está por hablar. Al anochecer, la Asamblea Permanente se reunirá en El Zócalo y tomará una decisión sobre la respuesta adecuada a la validación del fraude electoral por el TRIFE. Tengo información de que los campamentos siguen creciendo, que hay más entusiasmo y determinación que en los primeros días — y que hay una mejor organización. Es muy probable que la Asamblea apriete en sus métodos de lucha. Sólo les puedo desear lo mejor en la lucha que está por delante. (Atento recado a los comentaristas en los medios: No es López Obrador quien se saca de la manga estas decisiones tácticas. Él sólo está escuchando bien lo que su base principal de apoyo, la población trabajadora pobre, “los de abajo”, está clamando.)

Desde esta bitácora, si me lo permiten, quiero insistir en la necesidad de que el movimiento se mantenga unido y crezca incluso a partir de donde está. La gente debe decir lo que siente y piensa sobre la mejor manera de conducir este movimiento, sobre su estrategia y sus métodos. Debe haber respeto pleno a las diferencias en puntos de vista. Pero debe haber también unidad en la acción. Unidad, unidad, unidad. Va a ser una lucha larga, pero es por el Bien de Todos.

The electoral tribunal validates the fraud

August 5, 2006

Unanimously, the electoral tribunal of the Federal Judicial Power, the TRIFE for short, decided to reject the demand of López Obrador’s coalition to recount the votes, one by one, polling place by polling place. Using the petty, casuistic, legalistic argument, that the coalition failed to prove the existence of irregularities but in half the districts and, in them, only in about 11,800 polling places (out of about 134,500), the TRIFE rejected the full recount.

While the TRIFE ruling is not surprising to those who know a little of the history of the Mexico’s judiciary, it is a big let down to — among many others — the working poor (about half of Mexico’s population), a significant portion of whom decided to pursue an improvement in their social condition within the parameters set by López Obrador, namely, first, the ballot and, now, the defense of the ballot by means of pacific, non-violent civil disobedience.

As a reminder of the volcanic forces stirring up in Mexico’s social subsoil, we could allude to the conflict in Oaxaca, where the teachers were engaged in a protracted battle for better wages and a larger education budget with an increasingly repressive state government backed up by the federal government. Or we could mention that, in southeastern Mexico, in Chiapas, over 12 years ago, a group of Indians abandoned any hope that the civic, peaceful ways to address their social disadvantage would do them justice. Organized in the Ejército Zapatista de Liberación Nacional, they launched an armed insurrection.

While their armed struggle was suspended, their demands have not been met nor have they abandoned their arms or militancy. The PAN, with Vicente Fox, promised to solve the conflict in Chiapas in 15 minutes, but that turned out to be one among the many promises the PAN and Fox did not keep.

While the rich and the middle class in Mexico would like for the working poor to disappear from the political stage and only show up to do the menial work that keeps things running, they are not going to disappear. In fact, without a change in economic policy along the lines laid out by López Obrador, it is very hard to imagine a serious reversal in the trend towards more inequality and social injustice in Mexico. Therefore, the conditions that generate social discontent in Mexico will persist and, most likely, even grow. This at a time when the U.S. economy may get into a rough spot and the demagogues in U.S. Congress may make it harder for Mexican workers to migrate.

The TRIFE has proved to be blind and deaf to the plight of the working poor. With legal technicalities, it has provided cover to the fraud. In a previous blog note, I expressed concern that the TRIFE might be unable or may not want to join the dots: the irregularities shown by López Obrador’s coalition was a sample that justified opening all the electoral packages — like the tip of an iceberg. The main argument could not be technical. In Mexico’s context, the victims of electoral fraud, López Obrador and (more importantly) those who supported him with their votes, had to be treated like the victims of a political rape. The TRIFE couldn’t place on them the whole burden of the proof. The argument had to be political and just plain common sense in nature:

Given Mexico’s recent and remote history, a history of fraud and political deceit, and given the close distance between the main candidates in the official questioned IFE count (0.5% difference), a “small number” of irregularities — either in the districts and polling places spotted by the Coalición por el Bien de Todos or in other places where things appeared okay — should have been sufficient to cast a shadow of suspicion over the entire process. It was incumbent upon this high court to clean the election in the eyes of the public.

The way millions of Mexicans will read the TRIFE decision is as follows: the political establishment — its political institutions and its de-facto powers (elite business groups, the media, the Catholic church, etc. with an enormous influence in Mexico’s politics and state policies) — has spoken through the TRIFE. Instead of persuading the public that the election was clean, instead of gaining the confidence and credibility of the public, they have stated clearly that they don’t care for public confidence or credibility.

They will not admit a recount (they must know something!) and rather impose their candidate. They are willing to pay the price of having an illegitimate president: public discredit and, very likely, public unrest. And since the people in the movement for democracy are not going to give up their struggle to have their collective will respected, the state will have to resort to force. That is the message. The TRIFE, its magistrates, want to be remembered as enablers of a spurious and repressive president.

The people who are defending democracy in Mexico City’s streets have yet to speak. This evening, the Permanent Assembly in El Zócalo will convene and reach a decision about an appropriate response to the TRIFE’s validation of the electoral fraud. I have heard that the participation in the encampments is in the way up, there is more enthusiasm and determination that in the first few days — and there is more organization. It is very likely that they will ratchet up their methods of struggle. I can only wish them the best in the struggle ahead. (Note to the pundits: It’s not López Obrador who is driving these tactical decisions. He is only listening well to what his main constituency, the working poor, “los de abajo” are saying.)

From this blog, if I may, I insist on the need for the movement to remain united and grow from where it is. People should speak their mind about the right way to conduct the movement, its stragegy and methods. There must be respect for differences in perspective. But there must also be unity in action. Unity, unity, unity! It will be a long struggle, but it is “por el bien de todos” (for everyone’s good).

Differences and tactical unity / Diferencias y unidad táctica

August 4, 2006

Differences and tactical unity

Within days — if not hours — Mexico’s Federal Electoral Tribunal, the TRIFE, will rule to sustain or reject the demand submitted by the Coalición por el Bien de Todos led by Andrés Manuel López Obrador to recount all the votes, polling place by polling place. At no other juncture has the need for the movement to widen its public appeal and to tigthen its unity been higher.

This movement involves a very broad spectrum of social and political forces. Each force, each group, and even each particular individual advancing a particular interest and looking at things from a particular perspective, each emphasizing a particular tactical approach or method of struggle. There are many people taking part in the movement, for different reasons, most of them legitimate. I believe that the majority of this crowd, the working poor, have a deep sense of alienation and suspicion towards Mexico’s traditional political institutions and de-facto powers (the elite business organizations, the media, the clergy, etc.).

In spite of this understandable distrust, justified by Mexico’s recent and past history, these people have accepted to advance their struggle within the parameters stipulated by Andrés Manuel López Obrador, namely (first) the ballot and (now) the defense of the ballot by means of peaceful, non-violent civil disobedience. However — to repeat myself — the democratic movement in 2006 includes many other forces with largely legitimate interests and perspectives. In this context of broad social and political heterogeneity, tactical differences are as necessary as they are absolutely unavoidable.

In the last few days, respectable people who support this struggle, like Carlos Monsiváis, Miguel Angel Granados Chapa, Rolando Cordera, and even Alejandro Encinas (interim mayor of Mexico City and one of the leaders of the PRD), have voiced objections to the decision of the Permanent Assembly — upon a proposal made by López Obrador — to block the traffic of vehicles along the avenue Paseo de la Reforma, a major transportation route in downtown Mexico City.

And, since urban transportation is interdependent, the closure of Reforma has an obvious large impact on the life of the city. This is a city where most voters supported López Obrador. As a result, a great deal of the negative effects of this measure is shouldered by the very people who support the movement. Naturally, some good-faith critics of this tactical choice are understandably concerned about alienating a large segment of the public in Mexico City, not only those who own cars, but those who depend on public transportation and — given the persistent criticism on the media — might grow impatient and withdraw their support or benevelont neutrality towards the movement.

Personally, I believe that it is impossible to exercise serious political protest without disrupting business as usual. Just like it is not possible for a group of Workers to effectively defend their interests in the workplace without threatening a disruption of the business operations of the employer (at a cost to the workers themselves and, perhaps, other people not directly involved in the dispute), a political movement like this must send a strong message to the establishment, that business as usual will not be permitted. Partially blocking traffic on Reforma (partially, because it is my understanding that the intersections are mostly open to vehicular traffic) doesn’t seem to me like a disproportionate measure, considering the enormity of an electoral fraud. It seems to me that most people taking part in the movement, particularly the working poor who believe have much to gain with the recount of the vote, are firmly behind these measures and I commend López Obrador for being sensitive to their plight and inclinations.

The adversaries of the movement, those who are using their power and money to prevent a recount of the votes, would love it if the movement got split on the basis of these tactical differences. We should not allow it. We must respect the views of people like Cordera, Granados Chapa, and Monsiváis, even if we don’t share their tactical views. Their voicing their differences must be welcome and taken into consideration. They have a right to speak their mind and try to change ours. But, even if they don’t like the tactics chosen by the movement, they should stay with us. We need them with us.

Mexico City is not going to die as a result of blocking traffic in Reforma. On the contrary, the defense of democracy, the recount of all the votes will create the best conditions for the kind of vibrant and prosperous city we all want.

Diferencias y unidad táctica

En cosa de días — si no es que horas — el Tribunal Federal Electoral de México va a emitir sentencia para aceptar a rechazar la demanda presentada por la Coalición por el Bien de Todos que encabeza Andrés Manuel López Obrador de recontar todos los votos, uno por uno, casilla por casilla. En ningun otro momento ha sido mayor la necesidad que tiene el movimiento de ampliar su base y fortalecer su unidad.

El movimiento involucra a un espectro muy amplio de fuerzas sociales y políticas. Cada fuerza, cada grupo e incluso cada individuo promueve su propio interés y mira las cosas desde una perspectiva particular. Hay mucha gente en el movimiento — por razones diversas, siendo la mayoría de esas razones muy legítimas. Creo que la mayoría de los participantes siente una alienación y desconfianza profunda — y enteramente justificada por la historia reciente y remota de nuestro país — hacia las instituciones políticas tradicionales y los poderes fácticos de México: las cúpulas empresariales, los medios, el clero, etc.

Con todo y esa bien fundada desconfianza, este amplio sector del movimiento ha aceptado encauzar la lucha dentro de los parámetros estipulados por Andrés Manuel López Obrador, es decir, primero la vía del voto y ahora la defensa del voto mediante la desobediencia civil pacífica, no violenta. Pero, repito, el movimiento por la democracia en el 2006 incluye además a muchas otras fuerzas con intereses y puntos de vista, en la mayoría de los casos perfectamente legítimos. Y en este contexto de heterogeneidad social y política, las diferencias tácticas son tan necesarias como absolutamente inevitables.

En los últimos días, personas respetables que apoyan esta lucha, como Carlos Monsiváis, Miguel Angel Granados Chapa, Rolando Cordera e incluso Alejandro Encinas (alcalde interino de la Ciudad de México y uno de los líderes del PRD) han hecho públicas sus objeciones a la decisión tomada por la Asamblea Permanente — a propuesta de López Obrador — de acamparse en la avenida Paseo de la Reforma, una arteria vehicular en el centro de la Ciudad de México.

Y, dado que el sistema de transporte urbano es interdependiente, el cierre de Reforma tiene un impacto obvio y grande en la vida de la ciudad. Esta es una ciudad en la que la mayoría de los votantes respaldaron abrumadoramente a López Obrador. En consecuencia, gran parte de los efectos negativos del plantón afectan a la misma gente que participa en este movimiento o simpatiza con él. Naturalmente, críticos de buena fe de esta opción táctica están inquietos — y con cierta razón — por la posibilidad de alienar a un amplio segmento del público en la Ciudad de México, no sólo a la gente acomodada que tiene autos y circula frecuentemente en Reforma, sino también gente de a pie que depende del transporte público. Y dada la crítica persistente e interesada de la mayoría de los medios, esta gente podría impacientarse y comenzar a retirar su apoyo o neutralidad benevolente al movimiento por la democracia.

En lo personal, yo creo que es imposible ejercer la protesta política seria sin desquiciar la normalidad social. Así como no es posible para un grupo de trabajadores defender efectivamente sus intereses en su lugar de trabajo sin amenazar con interrumpir el curso normal de los negocios de su patrón (incurriendo un costo los propios trabajadores y quizás afectando a terceros), un movimiento político con mucho en juego para el país, como es el caso de este movimiento, necesita enviar un mensaje muy sonoro al establecimiento — al sistema político y a los poderes fácticos — que no se va a permitir que las cosas sigan como van si no se satisface una demanda tan válida como la de la transparencia democrática. El bloqueo parcial de Reforma (que de bloqueo parcial se trata, según tengo entendido, dado que la mayoría de las intersecciones están abiertas al tráfico vehicular) no me parece una medida desproporcionada considerando la enormidad de un fraude electoral. Más aún, el hecho de que el establecimiento reaccione con tanta virulencia ante esta medida táctica demuestra a las claras que es efectiva, es decir, que les afecta a ellos lo suficiente para llamar su atención y hacerlos reconsiderar su conducta.

En mi opinión, la mayoría de la gente que está participando en el movimiento, muy particularmente los trabajadores pobres, los que creen que tienen mucho que defender con su demanda de recontar el voto, están firmemente detrás de estas medidas y aplaudo a López Obrador por ser sensible a la percepción que ellos tienen de la situación.

Nada le encantaría más a los adversarios del movimiento, aquellos que están usando su poder y su dinero para prevenir el recuento de los votos, que el movimiento se dividiera con motivo de estas diferencias tácticas. No debemos permitirlo. Debemos respetar escrupulosamente los puntos de vista de personas como Cordera, Granados Chapa y Monsiváis, gente íntegra que se ha ganado a pulso ese respeto, aun cuando no compartamos sus juicios tácticos. Su decisión de hacer públicas sus diferencias debe ser bienvenida y sus opiniones tomadas en consideración. Tienen todo el derecho a decir lo que sienten y a cuestionar las decisiones que el movimiento toma colectivamente. Y tienen derecho a tratar de hacernos cambiar de opinión. Pero, aunque no les gusten los métodos elegidos por el movimiento, debemos exhortarlos a que se mantengan a nuestro lado, a que sigan apoyando el movimiento por el recuento del voto. Los necesitamos con nosotros.

La Ciudad de México no va a perecer porque se mantenga el cierre de Reforma. Por el contrario, la defensa de la democracia, el recuento de todos los votos van a crear las mejores condiciones para el tipo de ciudad vibrante y próspera que todos queremos.  A la gente de buena fe, que disculpe las molestias, pero por el bien de todos — incluyendo el bien de la Ciudad de México — los plantones en Reforma deben seguir.

Permanent Assembly in Mexico City

July 31, 2006

Federal cops say 180 thousand. Local cops say 2.4 million. Reforma, a newspaper whose owners support the candidate of the right, says 380 thousand. Make up your mind:

http://www.amlo.org.mx/fotogaleria/index.html
http://www.jornada.unam.mx/2006/07/31/index.php
http://videos.eluniversal.com.mx/asamblea03ok.html

In retrospect, López Obrador’s speech will be deemed a foundational document in Mexico’s national history:

http://www.eluniversal.com.mx/notas/365665.html

I have translated a few excerpts to give you the flavor of López Obrador’s speech (and of the event).

* * *

In a country like ours, with so much inequality and privileges, democracy acquires a fundamental social dimension and becomes a matter of survival. Democracy is the only option, the only hope for the poor, for the majority of the people, to improve their living and working conditions.

If the gates of democracy are shut, the alternative can only be submission or violence. That is why we have to defend and enforce our democracy.

* * *

From the beginning, we had indications of a victory, and today, 28 days after election, we are absolutely certain — we have all the elements and evidence to believe without hesitation that we won the Presidency of the Republic!

As I have said, in spite of a process plagued with irregularities and fraudulent acts, we — women and men — must feel very proud of the fact that they could not defeat us with ballots. That is why they refuse to open the ballot packages and recount the votes, one by one, polling place by polling place.

The most conclusive proof that we won the presidential election lies in the attitude of refusal and rejection that the candidate of the right has adopted in relation to our demand of counting the votes again, one by one.

* * *

I will never admit that this election was clean, free, or equitable. That would amount to self-betrayal. But I have told the candidate of the right that if he declares himself in favor of recounting the votes, I am going to accept the outcome — I am going to stop calling the citizens to demonstrate.

That is a commitment I have been making. They should not be afraid of democracy. I insist, if he believes he won, why the fear? Let there be transparency. Let’s recount the votes. That’s what we’re proposing.

* * *

Mexico, our great country, does not deserve to be ruled — and we won’t allow it — by a spurious president, without legitimacy, without moral or political authority.

We are now waiting for the Electoral Tribunal to make the decision to clean and make transparent this election by ordering that all votes be recounted. That is, I repeat, the most sensible and rational solution. That is the legal and political solution that best serves Mexico and democracy.

* * *

We know that the members of the Tribunal are subject to brutal pressures from the powerful — those who believe they are the owners of Mexico. We must clarify: It’s not that we don’t respect our political institutions. It is instead that, in our country — unfortunately — we have not yet build a tradition that ensures everyone that the people who have in their hands the institutions act with decency and righteousness.

Let’s not forget that in our country simulation has prevailed. Historically, the Constitution and the laws have been enforced only in the surface but have been violated in the substance.

In Mexico, unfortunately, law has meant the opposite of its raison d’être. They invoke a state of laws, but those in charge of imparting justice, instead of protecting the weak, only help to legalize the dispossession and the abuses committed by the strong. The law that has prevailed is the law of money and power, over and above all.

Although we don’t discard the possibility that the magistrates of the Tribunal may act as free men and women, with the moral stature, the courage and patriotism that this moment demands from them; although we still expect from them a responsible and patriotic attitude, we are not going to trust them blindly and we are not going to wait with our arms crossed.

Besides that, our history teaches us many lessons. We must remember that everything, everything that we have attained in our history as far as liberties, justice, and democracy are concerned, has been conquered with the organization and the struggle of the people.

Nothing — or almost nothing — has ever been a gracious concession granted by the powers. We became an independent country not because the Spanish Crown so decided, but because of the popular struggle led by Hidalgo and Morelos.

We had a Reform, not due to the will of the conservatives, but because of the conviction and tenacity of the liberals. And the little or much we attained in terms of social justice, we owe to the Mexican Revolution, to the struggle of Madero, Villa and Zapata — and many other anonymous heroes.

We should never think that democracy will ever be enforced from the top down. This can only be possible with the effort and the mobilization of the citizens. Democracy, like justice or freedom, is not to be begged, it’s to be conquered.

* * *

I am not driven by vulgar personal ambitions. I am not moved by the interest in money and have always said that power only makes sense — and may be even turned into a virtue — when it is placed at the service of the many. I fight for principles and ideals. That is what I deem most worthy in my life. Not public office, not even the most important office in the land.

* * *

I propose that we stay here, that we remain here — day and night — until the votes are counted and we have a President Elect with the modicum of legality that we Mexicans deserve.

I assure you that this effort and sacrifice will not be in vane.

* * *

All the campgrounds will observe discipline, respect, and cleanliness.

We are going to take care of gardens, parks, historical monuments — no public spaces will be defaced or painted with graffiti. We will not fall in any kind of provocation. Our actions will be subject to the principles of peaceful civil resistance within the framework of non-violence. Legally, we will be making full use of the right to demonstrate guaranteed by the Constitution.

While we remain in Permanent Assembly, in all the campgrounds, from the Zócalo to the Fountain of “Petróleos,” we will hold an array of daily artistic and cultural events.

* * *

I will also be living in this place, while we remain in Permanent Assembly.

I know, friends, that what I am proposing will not be simple or easy to carry out, but this is what best serves our cause.

So, again, I will ask for your undivided attention. I am submitting this proposal to your consideration. I ask: Should we stay here? Yes or no?

[People answer “Yes!”]

I will ask again, this time in a different way: Those in favor of staying, please raise your hand.

[The crowd raise their hands]

Please lower your hands now. Now those who are against staying, please raise your hand.

[Nobody raises a hand]

Abstentions?

[Nobody responds]

We stay!